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DE LA ORDEN MASÓNICA DE MISRAIM
Desde su creación hasta nuestros días, de su antigüedad, de sus luchas y de su progreso

Por

MARC BEDARRIDE

Oficial del Estado Mayor de la Armada Antigua,
Primer Gran Conservador de la Orden Masónica de Misraim para Francia,
Gran Dignatario de las Potencias Supremas de dicha Orden en diversos Reinos extranjeros,
Poderoso Gran Comendador de los Caballeros Defensores de la Masonería y poseedor de todos los Ritos


Traducida del idioma francés por el H.'. FIDUCIUS

ESTACIÓN 33

El día 14 del primer mes de 5820 (14 de marzo de 1816), el H.’. Marie Richard, a la edad de 59 años, nativo de Coucy-le-chateau, departamento de Aisne, dueño de una pensión, Grado 33 del Rito Escocés, Antiguo y Aceptado y Gran Orador del Gran Oriente de Francia, y el H.’. Sascherio-Beaurepaire, Comisario primero, Grado 33, del mismo Rito y Tesorero del Gran Oriente, solicitaron y obtuvieron por intermedio del H.’. Méallet, el favor de ser admitidos en nuestra Orden. Ellos fueron recibidos sucesivamente por nuestro Primer G.’.C.’. en los Grados 66, 70, 77 y 81; estos dos grandes dignatarios del Rito Moderno, que habían venido al seno de los Misraimitas con la intención sin duda de llegar al 90 y último Grado y de adquirir los conocimientos respectivos, fueron decepcionados en su espera. Nuestros GG.’. CC.’. instruidos por nuestros HH.’. miembros del Consejo Supremo del Santo Imperio para la Francia, de la conducta antimasónica de los cabecillas del Gran Oriente a su respecto, se mantuvieron a la guardia, y los HH.’. Beaurepaire y Richard, a pesar de sus insistencias reiteradas no pudieron franquear el límite del Grado 81que les había sido otorgado. Ellos no obtuvieron ninguna respuesta a las solicitudes urgentes que casi diariamente dirigían al Primer G.’. C.’. para llegar a un concordato entre el Gran Oriente y la Potencia Suprema de nuestra Orden. Estos dos HH.’. a pesar de sus insidiosas protestas, no pudieron vencer la inflexibilidad del G.’. C.’., ellos hicieron entonces una última tentativa pero en vano.

Estos dos HH.’. a imitación del hipócrita Basilio, acompañados de uno de sus acólitos, se dirigieron a la casa del Primer G.’. C.’., calle de los Bons-Enfants, NRO 27. Luego de los saludos usuales, el H.’. Sascherio-Beaurepaire tomó la palabra y dijo:

“P.’. H.’. Bedarride, tú no ignoras el vivo interés que nosotros llevamos y el deseo ardiente que nosotros tenemos de ver prosperar a la Orden Masónica de Misraim, que tú diriges en Francia; porque esta es la masonería primitiva que a travesado todas las edades, y cuya marcha, la doctrina y la moral no han podido ser alteradas por los tiempos, ni por ninguna circunstancia. Para llegar más rápidamente, G.’.C.’., cesa de rechazar las proposiciones ventajosas, que nosotros te hemos hecho ya. Recibe esta pequeña suma de 3.000 francos que nosotros te ofrecemos fraternalmente, queriendo contribuir, en alguna cosa, a los numerosos sacrificios que tú has hecho hasta este día, por el bien de la Orden.

A una señal del H.’. Beurepaire, el tercer H.’. desconocido del G.’.C.’. saca de su bolsillo un cilindro y quiere entregárselo , pero el H.’. Bédarride lo rechaza con indignación y exclama:

“¡Miserables que son ustedes! ¡El rol que juegan es bien digno de vosotros! Yo no esperaba menos de vuestra forma de ser, y es al Primer G.’.C.’. de la Orden Masónica de Misraim  que ustedes osan aportar el oro para corromperlo! Desde este instante vosotros no sois más mis HH.’.! Váyanse, lleven este metal a aquellos que se lo han encargado, y díganles que nada en el mundo me ha podido desviar de la línea derecha de la verdad y de mis deberes!

Estos instigadores, confundidos ante una respuesta semejante, la cual probablemente no se esperaban, se retiraron muy confundidos, yendo sin duda a rendir cuenta del suceso de su vergonzosa misión, y desde ese instante Richard y Beaurepaire no reaparecieron más en el templo de Misraim; pero ellos continuaron sus sordas amenazas para dañar nuestros trabajos científicos, lo que provocó su radiación de nuestra Orden, así como la de aquellos HH.’. Meallet, Jolly y secuaces.

Por decisión de la P.’. S.’. del día 15 del sexto mes 5822 (15 agosto de 1818), ellos fueron excluidos por siempre de nuestra antigua y sublime institución; ellos no persistieron menos en sus intrigas; pero nuestra Orden, como el astro benefactor que atraviesa las nubes más espesas para iluminar el universo, sobremonta todos los obstáculos. Nuestros Delegados hábiles en ciencia y en lealtad, guiados por el Todo Poderoso, franquearon todas las distancias con rapidez y poco tiempo les fue suficiente para hacer flotar la bandera sagrada de Misraim en un gran número de VV.’. de nuestra bella Francia!

Por otra parte la Potencia Suprema de la Orden aumentaba sus rangos por la admisión de un gran número de masones distinguidos, poseyendo el más alto grado de diversos ritos.

El P.’. H.’. Joseph Bedarride, Segundo G.’. C.’. de la Orden para la Francia, quien en Italia, había llegado por su talento, su bella conducta y su coraje, al grado de Capitán de tren de artillería, fue admitido al semi sueldo a su regreso a Francia en 5818 (1814). Poco tiempo después, el presentó su dimisión como Capitán, y entra en la vida privada.

En 5822 (1818), este P.’. H.’. se dirigió a Bruselas; solicitado por muchos Misraimitas, él se estableció en su calidad de G.’.C.’. la Potencia Suprema de la Orden para los Países Bajos, y él fue el S.’.G.’.C.’.; esta Potencia estaba compuesta de iniciados muy Esc.’. y ocupando altas posiciones en la sociedad; así la Orden hizo progresos eminentes en esta región.

En esta época el P.’. H.’. Michel Bedarride, acostumbrado a una vida activa, se determinó a hacer un viaje; él comienza por el V.’. de Bruselas, y de allí se dirigió a Holanda, donde recibió la acogida más fraternal de los iniciados de este lugar. Él otorgó aumentos de salario a aquellos que los habían merecido, así como a los masones de otros Ritos que solicitaron el favor de ser admitidos en nuestra Orden venerada. Los progresos de nuestra Institución en estos lugares, no faltaron en aumentar las inquietudes de nuestros antagonistas en Francia. Esperando alumbrar el carbón de la discordia, ellos fomentaron una intriga en el seno de la R.’.L.’. de los Seguidores de Zoroastro; pero su espera fue todavía truncada, porque esta Logia, estando en contravención con los estatutos generales de la Orden, fue disuelta, y todos aquellos de sus miembros que no vinieron a reafiliarse fueron excluidos para siempre del seno de nuestra institución, de conformidad con nuestros estatutos.

Habiéndose hecho justicia así, sin que nada perturbe la marcha de nuestra institución, nuestros antagonistas fracasaron todavía en sus pérfidos proyectos, sorprendieron mediante falsos reportes la religión de su alteza real el príncipe Federico de los Países Bajos, G.’. M.’. de la Masonería moderna, en Holanda; si bien que a consecuencia de sus insinuaciones mentirosas y calumniosas, los practicantes de nuestra orden fueron defendidos en este reino, y que a pesar de las protestas de los Misraimitas de estos lugares, fueron obligados a suspender sus trabajos.

En esta misma época, el P.’. H.’. Michel Bedarride se encontraba en Inglaterra; el P.’. H.’. Joseph fue a reunírsele en el V.’. de Londres; estos dos GG.’. CC.’. fueron recibidos con entusiasmo por nuestros Ill.’. Esc.’. y PP.’. HH.’. los ingleses, los irlandeses y los escoceses, entre los que nuestra orden ha sido en todo tiempo venerada. No importa lo que digan los enemigos de sus científicos trabajos, ellos han sido, son y serán siempre apreciados por los masones esclarecidos de todos los países del mundo.

Durante su estadía en los grandes VV.’. de Londres, de Dublín y de Edimburgo, nuestros GG.’. CC.’. elevaron al 90 y último grado de nuestra Orden, a su alteza real el Duque de Sussex y a los Duques de Leinster y de Athol, los decoraron con la gran estrella de Misraim y organizaron en estas dos últimas regiones, un Supremo G.’.C.’.G.’. del Grado 87 para administrar a los Misraimitas de estos lugares.

Los Escl.’. HH.’. Fowler y Sir Patrick Walker fueron también elevados al 90º y último grado y nombrados representantes de estos GG.’. MM.’.

Una desinteligencia sobrevenida entre un honorable miembro de la Potencia Suprema de la Orden y el P.’. H.’. Conde Lallement, venerable de la R.’. Madre ARC EN CIEL, hizo nacer una intriga en su seno.

El P.’. H.’. Lallement quien, hasta entonces había dado tantas pruebas de dedicación a nuestra institución, se dejó llevar al punto de desconocer la vía de la razón y el consejo de la sabiduría. Él se puso abiertamente en plena rebeldía contra la Potencia Suprema de la Orden, a la cual él debía respeto y obediencia, lo que provocó la suspensión de los trabajos de la R.’. madre Logia que presidía, su exclusión de la Orden y aquellos de sus adherentes.

Poco tiempo después esta R.’. Logia Madre fue reorganizada, la Potencia Suprema preside su primer reunión, y he aquí el plan perfecto pronunciado en esta ocasión por el P.’. H.’. Conde Muraire.

GLORIA AL TODO PODEROSO
SALUD SOBRE TODOS LOS PUNTOS DEL TRIÁNGULO
RESPETO A LA ORDEN

M.’. ILL.’. ESC.’. y P.’. HH.’.

La presencia de la Pot.’. Sup.’. en esta tenida de la reapertura de los trabajos de la L.’. M.’. Arc en Ciel, les anuncia bastante los sentimientos que ella trae.

Luego de haber hecho, no sin un vivo dolor, un acto de justicia y de severidad, ella viene a consolarse en medio de vosotros de la triste necesidad que la ha constreñido.

El día que nos reunió en el mismo templo y bajo la misma bandera es un muy bello día para que yo remita bajo vuestros ojos las fatales circunstancias que han ocasionado un cisma de un momento.

El orden ha sido satisfecho, la justicia ha sido rendida, la R.’.L.’. M.’. ha sido vengada de los desórdenes en su seno; ella ha sido regenerada; los masones bien intencionados y fieles han sido mantenidos; los masones disidentes y rebeldes han sido alejados; el buen grano ha sido purgado de la cizaña, y entonces el olvido se ha vuelto un deber para nosotros.

Mas todo en el cumplimiento de este deber, y absteniéndome de retratar los hechos cuyo recuerdo y relato serían muy afligentes, ustedes permitirán a un antiguo profeso del Arte Real de recordar algunos principios que el ha recogido de sus largos trabajos, que se adaptan a la circunstancia, y cuya exposición no puede ser más que útil en todos los tiempos.

Si la Masonería, esta antigua y noble institución, no menos respetable por su edad que por sus dogmas, cuyo único objeto es la práctica de todas las virtudes, cuyo único objetivo es el perfeccionamiento del hombre; si, como ya he dicho, la Masonería ha resistido desde tantos siglos los esfuerzos de la intolerancia y del fanatismo, si ella ha enfrentado los ataques de un despotismo sombrío, si ella ha triunfado de las persecuciones y de los rigores de una inquisición sanguinaria, si, a través del espacio inmenso de los tiempos, la tradición de los misterios y de los secretos, de las doctrinas y de las prácticas masónicas ha llegado pura, intacta, entera hasta nosotros, cual ha sido entonces la causa de este fenómeno asombroso, que, para tantos medios de destrucción, ha tenido tantos medios de estabilidad, y que, por los sacudones mismos que debían quebrarla y darla vuelta tal vez, se ha reafirmado y consolidado el edificio?

Esta causa, toda milagrosa como ella puede parecer, es por consiguiente muy simple; ella está bien cerca nuestro que no la percibimos con los ojos vulgares; ella está en la sabiduría de nuestras constituciones, ella está en la observancia religiosa y estricta que ella prescribe del orden que en todos los tiempos ha sido establecido en la Masonería, y que ha reinado constantemente.

No dudemos, sin esta fidelidad a la orden, sin un respeto inviolable por una jerarquía necesaria, la Masonería no habría podido atravesar los siglos, ella no habría podido atravesar todos los obstáculos, y nosotros seríamos privados, y la humanidad entera sería privada con nosotros de los beneficios de esta saludable institución.

Para hacer esta verdad más sensible, supongamos que los obreros empleados y distribuidos sobre los diversos pisos del templo puesto en reconstrucción, abandonan su puesto y su tarea para dedicarse a otros trabajos que no son aquellos que se les ordenó, que el Aprendiz se entromete con el Compañero, y el Compañero sobre el Maestro, que el hombre iniciado a los nuevos conocimientos franquee temerariamente los intervalos y los grados prescritos, para llegar con gran lucha  los conocimientos más elevados; supongamos en fin que se quiera escalar como por asalto hasta lo alto de la escalera misteriosa, más bien que seguir regularmente y progresivamente los escalones puestos para llegar, piensan ustedes que en medio de un desorden tal y de una confusión tal el trabajo puede hacerse, y no escuchan el estruendo del edificio que se derrumba sobre la cabeza misma de estos obreros temerarios e imprevisores!

¡Y bien! Mis HH.’. he ahí la insubordinación y he ahí sus efectos!

Tal es en toda sociedad la necesidad de un orden invariable, sin el cual ella no sabría subsistir. Si este orden es enfrentado, sea por las ambiciones individuales, sea por las pretensiones del amor propio, sea mismo por el exceso y la exageración del celo, la sociedad se disuelve; ella no gira sobre su eje; ella no es más que un caos.

Para llevar vuestra convicción sobre este punto importante, y sobre el cual yo creo un deber insistir más, que la duración y la estabilidad de la orden, que su vida y su esplendor se conectan, yo les pido a ustedes lo mismo: si en la Orden de Misraim, como en toda otra, cada logia tiene pretensiones y acaricia la quimera de una independencia imposible, se aísla, si ella se aleja del centro al cual ella debe corresponder, si ella desconoce la potencia que la ha creado, y con ella las constituciones y los estatutos fundamentales de la orden que han establecido esta Potencia, no verían ustedes en esta defección un atentado llevado a la gran asociación masónica, a esta institución tan fuerte por su unidad, tan imponente por su conjunto, tan bella por su regularidad, tan potente por sus principios, tan útil por sus efectos!

¡No les parecería ver a estos masones infieles, el brazo armado de un hacha sacrílega, dar golpes destructores en el tronco de este árbol antiguo y majestuoso, consagrado por los tiempos y por la fe de nuestros padres, cuyas ramas se extienden sobre todo el universo, cuya sombra garantiza y protege a todo aquel que nación, creció y aprendió alrededor de él, de este árbol augusto, centro único de la Masonería y el único punto de reunión de todos los verdaderos masones!

Y cuando de esta escandalosa apostasía nacieron pronto (porque los progresos del mal son rápidos e incalculables), nacerán pronto sectas bastardas, donde la pureza del dogma será alterado, donde las verdaderas doctrinas y las antiguas tradiciones serán pervertidas, como se ha visto con mucha frecuencia, una masonería truncada, falsa y corrompida, donde se propagarán a la vez el precepto peligroso y el ejemplo funesto de la indisciplina y de la insurrección; sí, masones fieles y puros, es a vosotros que pregunto: a la vista de tantos males no gritarán con dolor y como yo: ¡He ahí la insubordinación, y he ahí sus efectos!

¡Ah! Para prevenirlos, estos efectos deplorables, seamos fieles; guardémonos más que nunca a la antigua disciplina masónica; respetemos esto que las edades han respetado; temamos degradar la bella herencia que nuestros padres nos han dejado; temamos alterar el depósito que ellos nos han confiado para que nosotros lo transmitamos intacto a nuestros hijos; y si hay espíritus alterados o innovadores imprudentes cuya oreja y cuyo orgullo se ofenden ante las palabras de POTENCIOA y de SUBORDINACIÓN, que ellos me escuchen, que ellos sepan lo que es en Masonería esta potencia que los ofusca, que ellos aprendan como lo hemos aprendido nosotros mismos, nosotros que estamos encargados de regirla, y pronto, si ellos no son dominados por una prevención obstinada tanto como irreflexible, ellos se reconciliarán con esta potencia, ellos se plegarán a esta subordinación.

Estas explicaciones que me resta ofrecerles a vosotros como el homenaje de nuestros sentimientos y de nuestros principios, no serán perdidos para aquellos de entre vosotros, mis HH.’., que, escuchándome discurrir sobre el deber necesario de la subordinación, podrían haber creído que asociado a la Potencia suprema, yo trato de aumentar las prerrogativas y los derechos y hacer valer las pretensiones de una orgullosa superioridad.

Lejos de nosotros esta intención más que profana: ante todo nosotros somos masones, nosotros somos sus HH.’. y las mismas pretensiones más fundadas se desvanecerán siempre delante de los sentimientos de fraternidad y de intimidad que nos unen a vosotros.

Mas porque en fin hay en todas partes y en el mundo moral y en el mundo físico y en el mundo civilizado, poder y dependencia, ¿No estaría en demencia aquel que pretendiera contrariar el plan de esta organización universal?

¿Qué potencia, además, más dulce y más confortante que la potencia masónica?

Puesto en el hecho de una institución donde la unión, la tolerancia y la benevolencia son los primeros elementos, ella es esencialmente paternal.

No perteneciendo a ninguna persona y no siendo, en las manos de aquellos que la ejercen, más que una honorable delegación de nuestras leyes, ¿cómo sería ella jamás ambiciosa o arbitraria?

Únicamente constituida para velar por los intereses de la orden, por su conservación, por su propagación, por su gloria, al mantenimiento de las constituciones y de la disciplina, por la regularidad y por el orden, ¿sobre qué podría ella pesar, cuando todos nosotros tenemos la misma voluntad, cuando todos nosotros concurrimos al mismo objetivo?

Si algunas veces, pero en estos casos afortunadamente muy raros, y que más afortunadamente todavía, nosotros lo esperamos, no se produzcan más, las leyes violadas, el orden enfrentado, la necesidad del ejemplo, le han impuesto el penoso deber de un rigor saludable; más ávida de confianza que de obediencia, celosa de mostrarse más misericordiosa que severa, ¿No ha primero ella ensayado, empleado, agotado aún todos los medios de aproximación y de conciliación?

Finalmente los derechos atribuidos a la Potencia Suprema, los honores de que ella está rodeada, no, mis HH.’. no es a nosotros que ellos son dados y rendidos; es a la Orden, es al cuerpo entero de la Masonería de la Orden, es a vosotros; ¿será entonces tan penoso el honrarse a sí mismo y de obedecerse a sí mismo?

¡Eh! Es a una Potencia así constituida que una vanidad mal entendida podría dudar en someterse! ¿Y es de una subordinación tan fácil que se podría temer el yugo? Si esta subordinación es un deber, como yo creo haberlo demostrado, convengamos por lo menos que este deber que nos es impuesto por las leyes de la Orden y por el bien de la Orden, no ofrece nada que pueda asustar el alma misma más independiente.

Tales son los principios que, en este día feliz de reconciliación, yo he creído un deber desarrollar. Si yo he podido penetrarlos de un justo horror por la insubordinación, al mostrarles las consecuencias horrendas y los efectos desastrosos; si yo he probado que la subordinación es la guardián del orden, el gajo de unión, la fuente del bien; si yo los he convencido que la Potencia masónica no es, ni desea ser, y que, por la naturaleza como por el objetivo de su institución, ella no puede ser más que tutelar, que ella no es más que la clave de la bóveda mística, donde ella descansa y asegura todas las partes; si y he podido hacerles comprender bien que obedecer a esta Potencia, no es más que obedecer a las leyes de la Orden que vuestra elección ha preferido, a la cual ustedes están ligados por sus juramentos; y que, lejos de que haya nada de servil en esta obediencia, ella es a la vez de un hombre de bien y de un Franc masón; si en fin estas verdades, que yo querría poder hacer escuchar en todos los sitios masónicos, y donde yo renuevo aquí la simiente, germine y fructifique en este taller regenerado, mi objetivo está cumplido, yo he hecho mi deber, y yo agradezco al Gran Ser protector de la masonería de haberla preservado de un nuevo peligro.

All.’.! All.’.! All.’.!

Este plan perfecto fue escuchado con un profundo recogimiento. La R.’. Logia madre de Arc en Ciel vio reinar en su seno la paz, la concordia y la unión, y ella pronto recobró su primer esplendor bajo la Veneratura del P.’. H.’. Briot.