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DE LA ORDEN MASÓNICA DE MISRAIM Desde su creación hasta nuestros días, de su antigüedad, de sus luchas y de su progresoOficial del Estado Mayor de la Armada Antigua, Por
MARC BEDARRIDE
Primer Gran Conservador de la Orden Masónica de Misraim para Francia,
Gran Dignatario de las Potencias Supremas de dicha Orden en diversos Reinos extranjeros,
Poderoso Gran Comendador de los Caballeros Defensores de la Masonería y poseedor de todos los Ritos
Traducida del idioma francés por el H.'. FIDUCIUS
ESTACIÓN 29
Durante esta jornada, Pisa pareció una de estas ciudades donde un famoso congreso venía de tener lugar y donde cada plenipotenciario, orgulloso de haber cumplido su tarea, retornaba a su puesto dando cuenta a su corazón del resultado de su misión, viendo a estos representantes masónicos darse el beso de la paz los unos a los otros, como el abrazo sagrado de la alianza eterna que une a todos los hijos de la luz, recordando, a pesar de sus altas posiciones, que según los principios masónicos nosotros somos todos iguales.
Marc Bedarride retorna al V.. de Florencia, luego a aquel de Milán, en medio de nuestros HH.. de este país. Algún tiempo después la guerra fue declarada de nuevo a los Austríacos; él recibió la orden de dirigirse al cuartel general de la división italiana, que se encontraba en Padua. Durante su estadía, el tuvo conocimiento de diversos iniciados, entre los cuales estaba el esclarecido H.. Calderini, comisario ordenador, que tuvo para él todos los cuidados posibles. El ejército de Italia marcha con la más grande celeridad, derribando a su paso a las columnas enemigas. Llegado a la planicie de Sacile, los Austríacos habían recibido un refuerzo y se estaban atrincherando en este lugar. Los dos ejércitos estando enfrentados, el príncipe Eugenio había dado sus órdenes para atacar al enemigo, aunque sus fuerzas eran el doble que las suyas. Desde la salida del día, nuestros tiradores comenzaron el fuego; la fusilada, de un lado y del otro, fue sostenida por artillería, aumentando de más en más. Nuestros soldados disputaron al enemigo todo el día el terreno palmo a palmo, y el campo de batalla quedó cubierto de muertos y heridos. Al fin la oscuridad de la noche detiene esta horrible carnicería, que ocasionó pérdidas considerables de una parte y de la otra; en la noche la retirada fue ordenada hasta la orilla derecha del Adige.
Esta retirada se realizó con calma y tranquilidad. Llegado al V.. de Verona, la columna de la división italiana, de la que Marc Bedarride hacía parte, fue destinada a ir a aumentar aquella del general Rusca, que ocupaba las gargantas del Tirol, cuyo cuartel general estaba en el V.. de Alla.
Este general no era otro que el capitán Rusca, que le había salvado la vida cerca de Sospello. Él fue a hacerle una visita. Luego de los cumplimientos de costumbre, él le dijo: Mi general y muy Ill.. H.. yo doy gracias al Eterno que me ha puesto bajo vuestras órdenes y me dio los medios de agradecerte de nuevo por vuestra noble conducta a mi respecto, en el instante en que recibí esta herida que yo llevo todavía como una cicatriz.
Este general le hizo un recibimiento lo más fraternal; una estrecha amistad los unió desde ese momento, y durante la campaña él no le dejó más.
He aquí un resumen de su historia:
El general Rusca era de la Briga, montaña del Piemonte; él había estudiado medicina y cirugía y se encontraba en el V.. de Niza cuando entró el ejército francés, en 1792. Joven, fuerte y de un carácter muy vivo, habiendo recibido una buena educación, él no necesitaba más entonces de su juventud para llegar y recoger el fruto de sus conocimientos. Así el general Rusca fue de este número: habiendo tomado el servicio, conociendo perfectamente los desafíos de las altas montañas del Piemonte donde él había nacido, él fue nombrado capitán de los pioneros y enviado a la vanguardia del centro del ejército. Él dio pruebas de talento y de coraje en muchos encuentros que tuvieron lugar: él no se retiró jamás del campo de batalla sin haber afrontado los peligros y sin gloria. El fue enviado a España, donde él se distinguió: como premio a su valor, él recibió nuevas recompensas del gobierno. El volvió al ejército de Italia, y por sus bellas obras de armas llegó al rango de general de brigada. En la famosa batalla de Trebia, el realizó muchas cargas, recibió muchas heridas, cayó de su caballo y permaneció sobre el campo de batalla, a la discreción del enemigo.Rusca fue enviado prisionero a Hungría, soportando los peores tratamientos, sin poder hacer escuchar sus lamentos ni declarar los derechos de la guerra. Luego de haber estado así tres años en esta triste posición, por efecto de la Providencia un joven oficial austríaco vino a visitar la prisión; Rusca le pidió que le escuche. Luego de una corta charla, él hizo el signo misterioso que hasta entonces había quedado sin resultado.
El oficial le respondió; y él no fue más su enemigo. Este digno H.. actuó y se interpuso cerca del príncipe Carlos; él obtuvo la libertad del general Rusca y le hizo aún dirigirse a Italia. Esta bella acción del H.. austríaco estuvo siempre presente en el espíritu del general y apreciada por todos los iniciados del ejército de Italia. Algún tiempo después, él cae en poder de los Franceses y fue conducido como prisionero al V.. de Veroa. Un oficial italiano lo reconoció hijo de la viuda y le acordó su amistad, Conducido a su alojamiento, este prisionero le contó que él había sido de la más grande utilidad al general Rusca, que él deseaba ardientemente volverlo a ver y que el sería muy reconocido su le podía procurar este favor. Su deseo fue bien pronto satisfecho. El general Rusca estaba en su cuartel general en Roveredo, que él había tomado por asalto; él lo recibió con mucha amistad y le dijo:
H.. tú no debes ser más considerado aquí como un prisionero; tú quedarás en mi cuartel general hasta que yo haya obtenido del príncipe Eugenio vuestra liberación, y puede ser que yo tenga l satisfacción de conducirte yo mismo al seno de vuestra familia; porque el ejército marcha a grandes pasos y dentro de poco pasará a Viena.
La división de Rusca atraviesa el Tirol y vino a estacionarse en Clagenfurt: es allí que el general recibió la orden de liberar al prisionero, al cual proveyó de todo lo que le fuera necesario para dirigirse a su hogar.
El gran ejército había entrado triunfante a Viena y aquel de Italia marchaba sobre la Hungría: Marc Bedarride fue enviado al cuartel general, al que él se unió en el V.. de Rabp. Cumplida su misión, retornó a su puesto, pasando por el V.. de Viena, donde recibió la acogida más fraternal de los iniciados de este lugar.
En este intervalo, la paz vino a ser concluida y nuestras tropas retornaron a Italia.
Más tarde, Marc Bedarride hizo la campaña de Nápoles y fue parte de la expedición contra la Sicilia comandada por el rey Joaquín Murat. El desembarco en esta isla no se pudo realizar, y el ejército regresó a Nápoles. Durante su estadía en este bello V.., el P.. H.. Marc Bedarride recibió sucesivamente aumentos de salario hasta alcanzar el 90 y último Grado, recibió en homenaje el mallete de honor y fue clasificado entre los miembros de la Potencia Suprema de la Orden para esta región, compuesta de iniciados del más alto mérito y ocupando funciones distinguidas en el gobierno; luego él se dirigió a Milán. Poco después de su llegada, él fue creado y proclamado uno de los G.. C.. , miembro de honor de la potencia suprema de la Orden para el reino de Italia y decorado con la gran estrella de Misraim por el P.. Teodorico Cerbes, S.. G.. C.. Egipcio.
Nosotros nos abstenemos de hacer conocer los nombres de los grandes dignatarios de esta potencia, por temor a exponerlos a las tribulaciones; mas para hacer honor a la verdad, nosotros diremos que ellos son todos masones esclarecidos, en altos cargos y gozando merecidamente de la consideración pública.
Durante su estadía en diversos VV.. de Italia, el P.. H.. Marc Bedarride consagra su tiempo libre al bien de la orden fundando Logias y Consejos de las que fue presidente de honor, otorgando avances masónicos a los HH.. que lo habían merecido y no dejando escapar ninguna circunstancia para ser útil a sus semejantes.
En 5818 (1814), a su regreso de Italia en Francia, el G..C.., llegando a las gargantas de la Savoia, fue atacado por una banda de malhechores armados, y no pudiendo defenderse contra estos miserables, no estando acompañado mas que por algunos militares aislados, él fue obligado a abandonar sus pertenencias, lo que fue afortunadamente la causa de su salud.
A su llegada a Lyón, encontrándose en un café, él fue abordado por burgués que le dijo: Señor oficial, ¿vienes usted sin duda de Italia? Tened la bondad de darme algunas novedades de este país, donde yo he tenido intereses comerciales que me inquietan en este momento.
Al mismo tiempo, él hizo el signo misterioso. El G..C.. le dio el apretón fraternal y la palabra de reconocimiento fue deletreada. Luego de una corta entrevista sobre el objeto que le interesaban el G..C.. le dio parte de la pérdida que él venía de sufrir en las montañas de la Savoia; el H.. lyonés lo acompañó a su hotel, y puso sobre una mesa 300 francos en oro, diciéndole fraternalmente que acepte esta pequeña suma para dirigirse a su destino, asegurando que él consideraría este día como el más bello de su vida, al poder ayudar a un H.. El G..C.., a pesar de su rechazo reiterado, fue obligado a aceptar estos metales, que él se ocupó de devolver a este H.. a su arribo a Paris.
Este digno masón se llamaba Morau, poseía los siete grados del Rito Adonhiramita y era merecedor bajo todos los aspectos de pertenecer a la gran familia.
El P.. H.. Marc Bedarride debía partir al día siguiente, y no pudiendo otorgar a este R.. H.. aumentos de salario, le dio un plan perfecto para su H.. Michel , que debía pasar por Lyón a su retorno de Italia.
Luego de haberse dado el beso de la paz, los dos HH.. se separaron con mucha tristeza.
A su llegada al V.. de Nevers, el G..C.. se encontró en la casa del comandante del lugar, donde estaban detenidos muchos burgueses pertenecientes a su país sin haber tenido el tiempo de tomar los pasaportes, visto la proximidad del enemigo, entre los cuales uno estaba a la orden en la esperanza de ser reconocido; él se aproximó a él, le dio el toque, y habiendo reconocido su grado y dignidad, le dijo al comandante del sitio que él respondía por este individuo, afirmando que los títulos que él llevaba (su diploma) podía tener el lugar del pasaporte.
De allí él vino al V.. de París, descendió al hotel de las Indias, calle de Mail, donde su digno H.. Joseph estaba alojado.