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DE LA ORDEN MASÓNICA DE MISRAIM
Desde su creación hasta nuestros días, de su antigüedad, de sus luchas y de su progreso

Por

MARC BEDARRIDE

Oficial del Estado Mayor de la Armada Antigua,
Primer Gran Conservador de la Orden Masónica de Misraim para Francia,
Gran Dignatario de las Potencias Supremas de dicha Orden en diversos Reinos extranjeros,
Poderoso Gran Comendador de los Caballeros Defensores de la Masonería y poseedor de todos los Ritos


Traducida del idioma francés por el H.'. FIDUCIUS


ESTACIÓN 24

El año del mundo 5429, Pomponius Loetus Julius, apodado Pedro de Calabria, nació en el V.’. de Mendolara en la antigua Grecia, donde recibió una brillante educación; él obtuvo la iniciación en el V.’. de Salerno, en 5446, él era sabio en todos los géneros y orador muy distinguido. Él vino a morar en el gran V.’. de Roma donde su genio le suscitó enemigos que, que habiendo tomado conocimiento que él era iniciado, se aprovecharon de esta circunstancia para llevar manchas a su reputación.

A este efecto, él fue puesto en el número de sabios que se acusó falsamente de haber conspirado contra Pablo II; advertido a tiempo que se le iba a arrestar, el P.’. Pomponius fue a refugiarse al V.’. de Venecia, donde nuestros HH.’. lo recibieron con demostraciones de lo más fraternales.

Luego de la muerto de Pablo II, sus numerosos amigos obtuvieron su regreso a Roma donde él fue elegido para instruir a la juventud en el colegio de esta bella y grande ciudad. El renombre de su saber fue tal que cada uno se preocupaba por venir a escuchar, y como él comenzaba sus lecciones desde la aurora, los curiosos estaban obligados a buscar lugares durante la noche, a causa de la concurrencia inmensa que tenían sus lecciones. Lo que asombró a todo el mundo, fue que el P.’. Pomponius tartamudeaba en la conversación ordinaria, pero que por el contrario, él se explicaba en público  con mucha claridad.

Este digno H.’. era bueno, justo, benefactor; él empleó una parte de sus ganancias para aliviar a los indigentes, al punto que él estaba siempre sin dinero él mismo. El decano de la orden que le conocía, temiendo herir su delicadeza haciéndole ofrecimientos fraternales, le encargó de tiempo en tiempo distribuir sumas a las personas que él creyera las más necesitadas, particularmente a la viuda y al huérfano pertenecientes a nuestra institución, y esto con la esperanza que él manejaría sus propios dineros; pero la atención del decano de la orden estaba siempre asombrada, visto que él conocía que las sumas distribuidas por Pomponius sobrepasaban aquellas que él había recibido a este efecto.

He aquí algunos rasgos de la pureza del alma de este P.’.: un día que él estaba detrás de la renta de su casa, el propietario, hombre duro e insensible, vino a encontrarlo y le dijo: “ Pomponius, ¿Cómo es que la viuda doña Soufriori, que habita en una cámara de mi casa, calle del Pueblo, me paga regularmente a cada término, y que ella me ha declarado que sin vuestro socorro hace mucho tiempo que ella habría muerto de hambre? Que en cada época tú le llevas una suma para pagarme y que tú jamás has querido declararle el nombre de su benefactor; puesto que te ha confiado sumas para emplearlas en buenas obras, no convendría mejor que comenzaras por vos mismo. Entonces tú no estarías jamás atrasado conmigo, cuanto mas que este dinero está a vuestra disposición y que el benefactor desconocido se apoya enteramente en vuestra consciencia”.

El P.’. Pomponius, tocado por lo que venía de escuchar, le respondió con humor: “Don Albetini, sabed que el hombre que guarda en su beneficio los dineros que le han sido confiados para hacer buenas obras, es un miserable, indigno de vivir en medio de la sociedad, despreciable a los ojos de los hombres de bien; tú sabes don Albertini, que a veces estoy atrasado contigo, mientras que tú no tienes nada que reprocharme; id tranquilo, mañana antes que el sol haya terminado su curso, tú serás satisfecho, no por los medios que has venido a indicarme, sino por el favor de esta joya que es mi propiedad y de la que puedo desprenderme.

Otro día el P.’. Pomponius  habiendo subido a un quinto piso para llevar una obra de misericordia a uno de nuestros HH.’., indigente, se encontró tan sofocado, que entrando en la habitación, cayó sobre una silla sin poder proferir una sola palabra y depositó sobre una mesa la ofenda que le estaba destinada, aumentada por algunas monedas de su propio bolso; el H.’. indigente, penetrado del estado de este digno P.’., le agradeció vertiendo lágrimas de reconocimiento, renovándole sus deseos y le dijo: “Ill.’. P.’. te ruego que otra vez que me traigas un encargo sea algún otro quien lo haga, o bien que me hagas llamar para alejarte de la pena de subir hasta aquí”. El P.’. habiendo recuperado el aliento le respondió: sería vergonzoso para mí, mi H.’., habiendo aceptado una tal misión, confiársela a otro cuya negligencia podría colocarte en problemas, porque tú acabas de decirme que desde ayer no has tomado nada. Yo enrojecería delante tuyo, mi H.’., si hubiese puesto el menor retardo en cumplir y yo sería culpable hacia el maestro de todas las cosas que veo y conoce todo!

¡Ah, mi H.’. si nunca has sido encargado de una misión semejante, cúmplale tú mismo bajo el velo del más grande misterio. En detrimento de tus propios asuntos, o bien no la aceptes, atento a que ningún motivo podría excusarte de un retardo semejante que podría ser perjudicial para el infortunado.

Recuerda mi H.’. que aquello que puede aproximar más al iniciado al punto perfecto del triángulo, es la pureza del alma, la beneficencia y la decisión de ejercerla, cualidades que son las más agradables a la divinidad.

Otro día el P.’. Pomponius venía de visitar a un iniciado que estaba fuera del recinto de Roma, encontró a otro H.’. en un estado difícilmente reconocible y medio desnudo; estábamos entonces en la estación más rigurosa. A esta vista el buen corazón del P.’. se sintió tocado; se aproximó a él, le puso en la mano una medalla, sin decir más; el indigente se lo agradeció, lo miró atentamente y exclamó: ¡Oh Todo Poderoso! Yo no me equivoco, es el P.’. Pomponius. A estas palabras, el G.’. M.’. se dio vuelta muy asombrado y le dijo: “Sí, soy yo, pero gracias, bravo hombre, dime quien eres y dónde me has conocido.

Entonces el indigente se expresó así: “Yo soy el H.’. Prino, del V.’. de Treviso; es en aquel de Venecia que tuve el favor de verte y de escuchar muchas veces pronunciar tus magníficos planes perfectos en el templo de Misraim. Reveses de la fortuna ocasionados por mi bondad excesiva, me obligaron a abandonar mi hogar para dirigirme a uno de mis parientes que hacía el comercio en el V.’. de Gaete”.

Habiéndome enfermado en la ruta, gasté el poco dinero que tenía; me deshice de mis manadas, y no es asombroso que me encuentre en tal estado; yo doy gracias al Todo Poderoso de vuestro feliz reencuentro.

El P.’. Pomponius se acuerda de este buen H.’., lo encierra en sus brazos, y no escuchando mas que la inspiración de su corazón, se despoja de su manto, y cubre al hijo de la luz y le da una dirección para dirigirse a la casa de un iniciado, dueño de un hotel, y además los medios para dirigirse al V.’. de Gaete.

Los bellos rasgos de humanidad ejercidos por el P.’. Pomponius, hacia sus HH.’., lo redujeron a la última de las necesidades, y gravemente enfermo, queriendo hacer que se ignore su miseria a los iniciados, él prefirió hacerse transportar al hospital donde él murió en paz, el año del mundo 5499, a la edad de 70 años; pero nuestros PP.’. le rindieron los últimos deberes, pagando lo que él debía, deplorando totalmente no poder devolver la existencia a este gran hombre que, a pesar de sus bellas cualidades, no estuvo al abrigo de la calumnia, pero que en revancha, él fue lamentado y venerado por los hijos de la luz.

El P.’. Sabelliens, uno de sus más distinguidos discípulos, pronunció su oración fúnebre, diciendo en uno de sus pasajes, que él lamentaba infinitamente, retratando la historia profana de este hombre de bien, que sus deberes de iniciado le impusieron la obligación de fijarse en la gloriosa carrera masónica d este hijo de Misraim!

El año del mundo 5441, el P.’. Abrabanel, Isaac, nació en el V.’. de Lisbonne; por los cuidados del P.’., su padre, él devino perfecto en diversas ciencias, tanto profanas como masónicas. Aunque joven, su renombre fue tan grande que Alfonso, rey de Portugal, le confió empleos importantes durante su reinado: luego de la muerte de su benefactor el P.’. Abrabanel fue acusado de pertenecer a la secta masónica y de conspirar contra el Estado; él no tuvo casi tiempo para huir y se refugió en Castilla, en 5485. sus talentos y su genio le consiguieron la benevolencia del Rey Fernando y de Isabel, su esposa; pero la persecución que era dirigida contra los hijos de Israel y de Misraim, vino de nuevo a afligirle. Como se veía que su alejamiento podía dañar los asuntos del Estado, se le hicieron grandes proposiciones para hacerle cambiar de creencia; pero inquebrantable en su convicción, él rechazó todo, dinero y dignidades, y el año del mundo 5496 él salió de España, a la cabeza de los Israelitas, sus correligionarios y diversos iniciados que temían por sus días. Él se dirigió al V.’. de Nápoles, donde la trompeta de su renombre había ya publicado sus altas luces, Así desde su llegada él fue empleado por Fernando, rey de este país. Luego de la muerte de este soberano, Alfonso, su sucesor, lo lleva con él a Sicilia, donde él se queda hasta el 5499; él fue luego al V.’. de Corfou, de allí a aquel de Monopolis, villa de la Apulia, y al fin a Venecia donde él murió en 5512, a una edad muy avanzada, generando lamentos universales! Este digno hijo de la luz había ascendido progresivamente los escalones de la escalera misteriosa y había llegado a las eminentes dignidades de G.’. C.’. y Poderoso Gran Comendador de los Caballeros Defensores de la Masonería. Nuestra institución sea en Portugal, sea en España o en Italia, tuvo una pérdida irreparable en su persona, y es desde esta época que nuestros trabajos científicos han languidecido. Sin embargo el fuego sagrado a sido siempre alimentado por un pequeño número de elegidos con peligro de su vida. Muchos han sido víctimas de su celo y otros obligados a expatriarse y soportar tribulaciones de todos los géneros antes que perjurar.

En 5496, el P.’. Meyer, famoso Rabino, iniciado muy distinguido, salió de España y vino al V.’. de Avigñón donde él se quedó algún tiempo. Por su raro mérito y su sagacidad, él fue acogido por los iniciados del CONDE VENECIANO, de la manera más fraternal, e incentivado a quedarse entre ellos. Este P.’. fue de una gran utilidad a nuestros HH.’. de esos lugares, aunque nuestros trabajos científicos fuesen profesados en el más grande misterio.

En 5500, él tuvo un hijo que llamó Joseph Meyer, él mismo le proporciona su educación y tuvo en él un digno heredero de sus talentos y de sus virtudes; él le siguió en sus viajes a Italia, en 5505, y él vino a quedarse en el V.’. de Génes. Es en esta región que el joven Joseph Meyer recibió la iniciación y llegó progresivamente hasta la sublime dignidad de G.’. M.’.; sus discípulos devinieron sostenes de nuestra orden; sus esfuerzos tendieron siempre a la gloria del Todo Poderoso y al bien de sus semejantes; él murió en este bello V.’. en 5558, apenas a la edad de 58 años, dejando para la posteridad documentos dignos y preciosos!

El año del mundo 5479, el P.’. Maius Junianus, proveniente de una familia respetable, del V.’. de Nápoles, fue, por sus bellas cualidades y sus profundos conocimientos, elevado al rango de G.’. M.’. Este esclarecido masón enseñó las bellas letras a la juventud de la antigua Parténope; entre sus discípulos, el P.’. Sannazar fue uno de los más distinguidos. Maius Junianus adquirió una reputación tal en toda la Italia, que ella le mereció el nombre de vidente. Así venían de todas partes para consultarlo sobre las cosas misteriosas, y particularmente sobre los sueños, pasando por ser el más hábil intérprete de su siglo, por la infalibilidad de todas sus previsiones. Este sabio P.’. trabaja constantemente al bien de la orden, siendo una de sus más fuertes columnas; él no cesa de alimentar el fuego sagrado y da tiempo para que otras buenas personas sostengan el templo de Misraim. Sus altas luces le produjeron la envidia de sus antagonistas, pero los iniciados supieron distinguirlo y marcharon sobre sus trazos justo hasta el último momento de su vida.

El año del mundo 5465, Luis Morto, pintor, nació en el V.’. de Feltre, en el país Veneciano; él había apenas alcanzado los 15 años de edad que fue al gran V.’. de Roma para perfeccionarse en la pintura; él se complació mucho en copiar todo lo que había de más bizarro y de más ridículo, y se destacó en este género, trabajando en el V.’. de Tivoli, de Baye y de Pouzol. Es en este último, que él fue iniciado en nuestros sagrados misterios. De regreso a Roma. él recibió aumentos de salario justamente merecidos; siendo bastante fuerte en su arte, él resolvió retornar a la región que lo había visto nacer. A su paso por el V.’. de Florencia, el P.’. Morto obtuvo el grado 33, en aquel de Padua el 46, y en aquel de Venecia, él fue creado y proclamado grado 66 y decorado con la estrella de Misraim. Es en este soberbio V.’. que el P.’. Morto tuvo conocimiento en el templo de la sabiduría, del P.’. Ranconi, hombre de un gran mérito, pequeño, contrahecho, de una figura extremadamente horrible y bizarra, y de una apariencia atemorizadora. Este reencuentro fue una buena ocasión para satisfacer la inclinación natural de este artista que solicitó y obtuvo de él el favor de pintarlo, de pie y los ojos abiertos, lo que él hizo con éxito. Esta pintura fue expuesta en un salón de la sociedad; los envidiosos del P.’. Morto se introdujeron, afín de criticar la obra y a su autor; este ruido se expandió bien pronto en la ciudad. Este iniciado, a causa de la calumnia de estos delincuentes, estaba desesperado, pero el P.’. Ranconi, habiendo adivinado la perfidia de estos miserables quiso confundirlos; aconsejó al P.’. Morto, de hacer una copia semejante a la primera, y dejar solamente el sitio de la figura, que se cortaría artísticamente, para colocar la suya. El P.’. se ocupó de ejecutar esta segunda pintura, con su talento ordinario, que fue puesta al lado de la primera. A la hora en que los curiosos debían ser introducidos en la sala, el P.’. Ranconi, que estaba oculto detrás, coloca su figura en la apertura que había sido practicada expresamente, de manera de confundirlo fácilmente, Se abrieron las puertas del salón, el público fue introducido, los envidiosos del pintor examinaron atentamente las dos pinturas, y dicen a derecha e izquierda que ellas no se parecen en nada y que su autor a mal ejecutado su obra. A estas palabras, el P.’. Ranconi, que miraba el concurso con sus ojos fijos, no pudo contenerse más y exclamó con furia: “¡Insensatos que sois vosotros! Ustedes dicen que esta copia no se parece al original, mientras que es él mismo, y cómo han podido encontrar defectos en esta primer pintura que es perfecta? Entonces, él se desplaza, sale de su nicho con gran asombro de los numerosos espectadores; los calumniadores del pintor se fueron llenos de confusión y vergüenza, y los espectadores imparciales que quedaron, aplaudieron los talentos del P.’. Morto”.

A pesar de este éxito, este digno hijo de  la luz se disgustó del arte que profesaba con tanto talento; él era de una naturaleza melancólica y de un humor solitario. Viendo que su manera de trabajar no era aquella de su siglo, él resolvió adoptar otra profesión. Se dirigió al Frioul, donde organizó un cuerpo de ejército para marchar contra los Turcos; su mérito le hizo obtener el comando de doscientos hombres, que él condujo en la Eslavonia, a satisfacción de sus superiores, y vino a estacionarse sobre el borde de la Lisonde, a poca distancia de Gradiska. Este oficial, advertido por uno de sus soldados, durante la noche, que el fuego abrazaba una casa de campo situada no lejos del campamento, se levanta, y acompañado de muchos de los suyos. Se ocupa de ir en socorro de los habitantes de esta casa, hundidos en el más profundo sueño, ignorantes del peligro que los amenazaba. Él da la alerta y entonces los dueños salieron espantados. Morto llegó con sus soldados a salvar una infinidad de muebles y de efectos, y a extinguir el fuego, pero no sin pena. No fue sino a la salida del día, que la familia pudo entrar en la parte que era todavía habitable. Morto estaba ocupado en reunir con sus soldados papeles esparcidos aquí y allá; cual no fue su asombro y su gozo, percibiendo un diploma masónico cuyo contenido hacía saber que el iniciado al cual pertenecía, poseía el grado 66? Entonces él se aproxima al dueño de la casa, le muestra el diploma y le dice, haciendo el signo misterioso: ¿Esta pieza es de vuestra propiedad? Por gracia, no me la ocultes y hazme saber a quién tengo el honor de hablar. Entonces el dueño de la casa hizo el signo a su turno, y respondió: ¡mi digno H.’.! Mi celo, mis trabajos y mi perseverancia en el bien, me han merecido el título que tú tienes en tus manos.

“Yo me llamo Sleidan, descendiente del P.’. del mismo nombre, Eslavo de origen. Yo vine a establecerme a estos lugares muy joven e hice construir esta habitación. Yo doy gracias al Todo Poderoso, quien ha dirigido tus pasos a mis dominios, porque sin vuestra ayuda, yo habría sucumbido así como los míos, y mi propiedad habría sido reducida a cenizas. Dime, cual puede ser vuestra recompensa y aquella de tus generosos soldados a quien debo mi conservación, aquella de mi familia y de mi habitación!

Morto, conmovido por el discurso del H.’. Sleidan. Le dijo: Ill.’. P.’. yo encuentro en la satisfacción de mi corazón el precio del servicio que yo te he rendido. Yo doy mil acciones de gracias al motor de todas las cosas, de haberme hecho caer en mis manos este título tan precioso para todos los iniciados, título que me procura el favor de reencontrar un H.’. Nuestra tarea está cumplida, yo tendría que hacer regresar a mis compañeros, para retornar a su campamento; pero yo les permito aceptar los refrescos que se ofrecen por vuestra cuenta, y esta será toda su recompensa. Quiera el gran Jehová preservarte en lo futuro de un tal infortunio y conducirnos victoriosamente en el sendero del honor!

Durante su estadía en este V.’. el P.’. Morto fue acogido en esta familia como un hijo del hogar. El prometió al H.’. Sleidan, que al retornar de esta campaña, si el Eterno lo permitía, él vendría a pasar algún tiempo en medio de ellos: el se fue de estos lugares con pesar, pero sus deberes lo llamaban a la cabeza de sus soldados, para avanzar hacia la Eslavonia. En un encuentro que tuvo lugar, el cercó en un pequeño bosque, una compañía de enemigos que no quería rendirse; él estaba listo a pasarlos por las armas, cuando el oficial que la comandaba, oprimido por el hambre y la sed, busca hacer un pasaje; mas viéndose perdido, el hizo el signo de destreza y pronuncio la palabra misteriosa. El P.’. Morto, a esta apelación, detiene el combate, se dirige delante del vencido y le da el apretón de mano fraternal; ante el asombro de sus subalternos, él condujo a este H.’. que había cesado de ser su enemigo, a su campo, dándole toda la ayuda posible así como a los soldados prisioneros, y el llamado del hijo de la viuda le salva la vida, así como la de aquellos que combatían bajo sus órdenes. Hay otros rasgos masónicos que honran a este iniciado: pintor, soldado, masón perfecto, él fue rígido observador de nuestros estatutos y nuestros dogmas. Luego de muchas buenas acciones de generosidad hacia sus enemigos, él fue herido en un combate al borde de la Drave y murió haciendo el signo misterioso, en el año del mundo 5510, a la edad de 45 años.