|
|
|
DE LA ORDEN MASÓNICA DE MISRAIM Desde su creación hasta nuestros días, de su antigüedad, de sus luchas y de su progresoOficial del Estado Mayor de la Armada Antigua, Por
MARC BEDARRIDE
Primer Gran Conservador de la Orden Masónica de Misraim para Francia,
Gran Dignatario de las Potencias Supremas de dicha Orden en diversos Reinos extranjeros,
Poderoso Gran Comendador de los Caballeros Defensores de la Masonería y poseedor de todos los Ritos
Traducida del idioma francés por el H.'. FIDUCIUS
ESTACIÓN 22A mi llegada al V.’. de Alejandría, continuó el P.’. Majoragio, supe que mi tío, habiendo tomado conocimiento de los desastres sobrevenidos en Milán, nuestro V.’. natal, se había embarcado en un barco liguriano, para dirigirse a Italia. Este contra tiempo me hundió en una pesadumbre tal que no sabía si debía retornar en seguid a mi casa, o continuar mi viaje a los VV.’. lejanos para mi instrucción. Pero luego de las nociones que había recibido en el V.’. de Jerusalén, sobre los iniciados de Egipto, yo sabía que el P.’. Moise Ben-Mimon, del V.’. de Córdoba, en España, mejor conocido bajo el nombre de MAIMÓNIDES, era uno de los más renombrados.
Este sabio nació el año del mundo 5143. Desde su infancia él fue discípulo del sabio José, hijo de Mégas, y luego del célebre Averosa; él se aprovechó de tal manera de las lecciones de este maestro que se hizo famoso en la medicina, la astronomía y otras ciencias abstractas. Su saber era tan grande que el estaba en la mira de los celos y de la calumnia de los hombres de las tinieblas que eran sus contemporáneos, al punto que fue obligado, para su tranquilidad, a expatriarse y pasar a Egipto , donde su mérito le hizo bien pronto ser conocido por nuestros HH.’. de estos lugares.
El sultán Saladino habiendo tenido ocasión de conocerle, le tomó afección y lo nombró su médico principal; él gozaba de una entera confianza.
Los decanos de nuestra orden, queriendo recompensar la constancia y el celo que el P.’. Maimónides llevaba a nuestra institución, y habiendo reconocido en él sus altas capacidades, lo crearon uno de los GG.’. CC.’. de la orden y lo decoraron con la gran estrella de Misraim.
Este iniciado perfecto, revestido de estas eminentes dignidades, no fue por eso menos un siempre humilde y rígido observador de nuestros estatutos y nuestros dogmas; él trabajó constantemente en las meditaciones de las obras de la naturaleza, para dejar a la posteridad documentos dignos de sus profundos conocimientos que lo pusieron en el rango de los hombres más distinguidos de este siglo. Todo esto que yo había oído decir de gloriosos obre este gran hombre me dio e4l deseo de conocerlo; como él estaba en este V.’. con Saladino, yo me dirigí al palacio de este sultán, al efecto de hacerle una visita. Yo habría soportado grandes dificultades sin la ayuda de un oficial de guardia al cual me hice reconocer por iniciado. Yo fui presentado por este H.’. al P.’. Maimónides, que me recibió con bondad, me preguntó sobre mi patria, el objeto de mi viaje, y mi profesión. Yo le satisfice sobre todos los puntos, y él me aseguró su protección. Yo le mostré un medallón sobre el cual estaba pintada una miniatura de Misraim y la célebre Isis, su esposa, teniendo un joven Lobatón sobre sus rodillas. Maimónides examinó esta obra y exclamó: H.’. Majoragio, tú has hecho una obra perfecta al ejecutar esta pintura que probará, en todas las épocas, a los conocedores, la sublimidad de vuestro genio en el arte que ha inmortalizado al G.’. C.’. Apelles; permíteme que se la muestre al sultán, muy experto en este género de obras; iniciado como nosotros, yo estoy cierto que él reconocerá tu talento, y te dará algunos temas a ejecutar. Ven a verme mañana, a la misma hora, yo voy a ordenar que te dejen pasar. Luego de haber recibido y dado el beso fraternal, yo salí satisfecho de la recepción que había tenido de este sabio iniciado; lo que él me había dicho del sultán Saladino, era para mí de buen augurio: así durante todo el día mi espíritu estuvo ocupado. Al día siguiente a la hora indicada, yo me dirigí a la cita. El G.’. C.’. Maimónides, al recibirme, vino a mí y me dijo con un aire de bondad: H.’. Majoragio, sígueme; Saladino desea verte, y a pesar de sus grandes ocupaciones, él quiere tener un encuentro contigo. Llegados cerca del sultán, nos lo encontramos sobre un soberbio diván, rodeado de sus oficiales, y cuando nos vio, les hizo señas para que se retirasen.
H.’. Majoragio, me dijo el sultán, sed bienvenido. Yo te felicito por la grandeza de vuestro pincel, el tema que encierra vuestro medallón es maravilloso. La semejanza de Misraim y de Isis es asombrosa, y el conjunto es completamente admirable, Yo deseo que este sea de mi propiedad, y tú recibirás el precio de él merece. Yo parto mañana para El Cairo, tú serás de la partida, y a nuestra llegada pondrás manos a la obra para la ejecución de mi retrato en grande.
Yo me incliné respetuosamente, y le respondí: P.’. H.’. y magnifico sultán, yo te agradezco con la expresión del más vivo reconocimiento por mí; yo soy feliz, tres veces feliz, de obtener vuestro sufragio sobre este tema simbólico que yo ejecuté con premura, símbolo, es verdad, que ha sido y será siempre querido entre los hijos de la gran familia! Yo estoy a vuestra disposición, estoy persuadido, P.’. H.’. que haré todos mis esfuerzos para cumplir vuestros deseos y merecer la más alta estima de vuestra alteza así como aquella del G.’. C.’. Maimónides, a quien debo el honor de vuestra poderosa protección. Yo hice el signo misterioso y me retiré.
Dirigido al Cairo yo fui colocado en el palacio por la voluntad del sultán. Yo comencé su retrato, pero debido a sus grandes ocupaciones, yo puse tres semanas para terminarlo. Este trabajo me valió los elogios de toda la corte, y yo pinté muchos de estos grandes personajes entre los cuales el P.’. Maimónides fue del número; no dependía más que de mí el convertirme en habitante de este país, debido a un gran número de proposiciones que me fueron hechas; yo fui recibido en el templo de Misraim con entusiasmo, cumplimentado por el sabio Maimónides que presidía esta tenida; yo estaba en la cima del júbilo, y luego de un corto examen sobre la alta ciencia de las tres primeras series, yo fui iniciado en la cabalística, mas antes de irme de este célebre V.’. yo recibí el Grado 87. Las tribulaciones que asolaban a Palestina, los numerosos preparativos que se hacían en Egipto anunciaban funestos sucesos, y no queriendo encontrarme sobre el teatro de la guerra, yo tomé la decisión de retirarme. Yo comuniqué al P.’. Maimónides el deseo ardiente que tenía de visitar los antiguos VV.’. de África, España, Francia y Alemania, para dirigirme desde allí a mi hogar y reunirme con mi tío.
Maimónides aplaudió mi resolución, y me dijo: H.’. Majoragio, puede ser que quieras ir a visitar diversos VV.’. donde habitan iniciados con los que tengo relaciones fraternales, recuérdate, si el Todo Poderoso dirige tus pasos hacia el V.’. de Fez, de no olvidarte de llevar de mi parte, el beso de la paz al P.’. Judas Chiug, G.’. C.’. de nuestra orden en esta región, sabio gramático, y hombre de una alta capacidad, que yo estimo sobre todas las cosas. Si tu vas al V.’. de Girona, en España, te pido hagas lo mismo con el P.’. Nachman, iniciado muy distinguido, de quien tengo un vivo interés. En caso que tú visites el V.’. de Narbona ten a bien asegurar mis respetos más fraternales al G.’. M.’. Joseph Kimchi, hombre de un gran genio y que merece la estima de todos los iniciados. Si tal vez las circunstancias te conducen al V.’. de Troya, en Champagna, no olvides visitar de mi parte al P.’. Salomón Jarchi, uno de los G.’. M.’. ad-Vitam, muy erudito, sabio médico, profundo en las ciencias astronómicas y cabalísticas, y por encima de todo en la ley de Moisés. Este hombre célebre ha viajado largo tiempo por las cuatro partes del mundo; en todas partes él ha retornado los frutos de sus meditaciones y de sus trabajos. Es aquí, en este antiguo V.’. que él recibió, por mi intermedio, la gran iniciación y que hemos dado juntos muchas conferencias sobre las ciencias abstractas de nuestra antigua institución y particularmente sobre la ley los dogmas Mosaicos.
Todos estos iniciados consagraron, como yo, su existencia a esclarecer a sus semejantes y trabajaron para dejar a la posteridad documentos preciosos. Si durante tu viaje aprendes alguna cosa que pueda interesar a nuestra orden te recomiendo me lo hagas conocer, y se persuadido que tus novedades me serán siempre agradables. Yo te impongo las manos, te ofrezco el beso de la paz, y ruego al Todo Poderoso que te tenga en su santa guardia.
Yo me alejé del sabio Maimónides, el corazón entristecido, y luego de haber dejado al sultán Saladino, me dirigí a Canope en el Delta. A mi llegada a este V.’. yo no encontré ninguna ocasión para la playa de África, y fui obligado a permanecer varios días. Yo recibí nuevos aumentos de salario, y fui creado y proclamado G.’.M.’. ad-Vitam 90º y último grado y decorado con la gran estrella de Misraim.
Finalmente apareció una tartana que ponía vela hacia las costas de la Liguria, y yo tomé lugar a bordo, y cambié mi itinerario; llegado a las alturas de la isla de Rodas, un marino dijo al capitán que el navío hacía agua, que era necesario ganar la costa sin pérdida de tiempo, si no quería exponerse a perder el equipaje. Luego de haberse asegurado, el capitán ordenó al piloto que dirija la tartana al puerto de esta isla donde nosotros entramos sin eventos desgraciados.
Como era necesario poner el cargamento en la tierra, y que las reparaciones de la tartana demorarían algunos días, yo me hice alojar en una hotelería de la ciudad. El dueño del alojamiento me dijo que si yo deseaba podría comer junto con otros viajeros que se hospedaban en el hotel. Yo le respondí que no siendo enemigo de la sociedad, aceptaba voluntariamente su ofrecimiento. Durante la comida yo hice diversos signos masónicos en espera de ser reconocido por algunos iniciados. Mi sorpresa fue muy grande viendo a un religioso responder a mi llamado fraternal y mirarme con un aire de satisfacción. Terminada la cena, él vino a mí, me dio el toque fraternal y la palabra misteriosa fue intercambiada; luego de un corto examen yo lo reconocí como poseyendo el rito Adonhiramita. Este H.’. percibiendo en mí las marcas del asombro me dijo en un tono muy amable: tal como tú me ves, mi H.’., no hace mucho tiempo que yo era parte del ejército del emperador Emmanuel Comnènes (Manuel I Komnenos) y que yo combatí bajo sus órdenes.
Es en esta época que yo fui iniciado en el V.’. de Efeso, tan renombrado, y donde yo recibí sucesivamente los grados hasta aquel de Soberano Príncipe Rose-Croix. La vida de soldado no me convenía, yo preferí aquella de eclesiástico que era más conforme a la instrucción que había recibido. Yo me quité el traje de soldado para usar la sotana y me consagré totalmente a esta nueva profesión. Yo dirigí mis pasos a los principales VV.’. de la Palestina para visitar los lugares más remarcables, atento a que yo había comenzado un trabajo que exige enseñanzas que yo mismo recogí para terminar y dejarlas a la posteridad. Hace algunos días que yo me encontraba en esta isla, dijo Phocas (es así como se llamaba este monje), y me ha sido imposible encontrar iniciados. En verdad nuestro anfitrión me aseguró que desde la primera cruzada el establecimiento misterioso de este V.’. no existía más; que aún había iniciados que se reunían secretamente, y que no se hacían conocer a los extranjeros, temiendo ser descubiertos. Yo no puedo concebir cómo la institución masónica despierta las suspicacias al punto que en muchos países ella es perseguida, mientras que debería ser protegida: porque nuestros dogmas ¿no impiden en nuestros templos todas las discusiones que le son extrañas? El cuidado escrupuloso que tomamos respecto de los neófitos, no es garantía al género humano, que los trabajos masónicos no tienen por objeto sino la práctica de todas las virtudes, el perfeccionamiento del hombre y la veneración del Eterno? ¡O Todo Poderoso! ¿Por qué existen mortales bastante ciegos para desconocer la verdad y llevar el odio a sus semejantes! ¡Pero esto me dice que el hombre de bien no será jamás sordo a los gritos del oprimido! La tolerancia será siempre su divisa; es por esto que nuestra institución no perecerá jamás! Las preguntas que me has hecho, P.’. H.’. a las cuales yo no pude responder, me hacen presumir que tú has recibido la gran iniciación. Yo te felicito. Tales eran mis deseos, cuando me estacioné en el V.’. de Efeso, pero mi título de extranjero a sido siempre un obstáculo para mi adelanto más allá de la cámara de los Soberanos Príncipes Rose-Croix. Este grado, lo confieso, no tendría que ser clasificado jamás en la serie masónica, porque, a pesar de los servicios que él ha prestado y presta además a los fieles en Palestina, no es menos verdadero que él deja un montón de suposiciones a aquellos que no pueden interpretarlo, lo que, infelizmente le sigue, podrá ser dañoso a la masonería. El hecho que yo voy a narrarte es un preliminar de mi lamento bien fundado. Hacía poco tiempo que me dirigía a la isla de Pathenos. Desde mi llegada el dueño del hospedaje donde yo descendí, me dijo que un tal don Papirio, gentil hombre Toscano, que viajaba para su instrucción, estaba alojado con él, y había sido arrestado por haber reunido varios individuos del país, formado una logia masónica e imitado las ceremonias del culto que se ejerce en este país; que por tal motivo, a pesar de sus protestas, él gemía desde hacía un mes en un calabozo afrentoso, sin poder obtener justicia. ¡A! Si tú pudieras verle y escucharle tú estarías convencido como yo de su inocencia, y tú tomarías parte en su suerte. Tocado en lo más profundo del alma por lo que yo había escuchado, y acordándome del juramento que yo había hecho de ir en socorro de nuestros HH.’. aun a riesgo de perder la vida, yo le pedí al dueño del alojamiento que me acompañara al lugar donde sufría este desafortunado; no fue sino con mucha pena que llegamos a él y que pude tener un momento para conversar.
Al principio el me protestó de su inocencia, me informó lo que yo ya sabía, que para recibir a un Soberano Príncipe Rosa Cruz, era necesario simular las ceremonias religiosas, lo que había causado su arresto. Mucho mas, que alguien le pidió confesar que él nunca había sido miembro ni lo sería jamás de la masonería que no tenía por objeto sino combatir el vicio y honrar la virtud! Hombre sensible a la piedad, me dijo él, yo te conjuro: interésate en mi suerte y sácame de esta triste situación. Yo prometí a don Papirio hacer todo por obtener su liberación y me fui.
Munido de mis antiguos títulos, entre los cuales uno estaba revestido con el gran sello del emperador EMMANUEL COMNENES, yo fui a encontrar a los magistrados del lugar y les hice conocer la inocencia de don Papirio; no fue sino con mil penas que obtuve su libertad y le hice restituir los papeles que le habían confiscado; pero antes fui obligado a explicar a los magistrados los símbolos de algunos emblemas jeroglíficos pertenecientes al grado Rose Croix, porque tú sabes mi muy querido H.’. que este grado puede ser conferido a un profano sin dificultad porque él es completamente religioso, pero yo me guardé bien de divulgarles aquello que trata de la masonería para no traicionar mis juramentos.
En cuanto a los naturales del país que habían sido arrestados con don Papirio y dejados provisoriamente en libertad bajo caución, desde ese momento fueron liberados, pero la Logia y el Capítulo fueron cerrados y la orden fue dada a don Papirio de alejarse de estos parajes.
Esta acción me valió el agradecimiento de parte de este iniciado, que quiso darme una suma para disponer a favor de los infortunados. Yo la rehusé diciéndole que mejor era que la distribuyera él mismo, para hacer conocer a los antagonistas de la masonería que sus miembros profesaban la beneficencia. Luego de lo cual don Papirio se embarcó hacia Messina a mi gran satisfacción. Todo sucedió sin que él supiera que debía la libertad a un iniciado.
Yo me quedé todavía unos días más en Patmos desde donde yo vine aquí. Mi narración, Ill. H.’. Majoragio, te convencerá sin duda que mi nueva profesión no me hace olvidar los juramentos que yo contrajo cuando fue mi iniciación. Quiero que sepas que yo estaré siempre feliz de ser útil a mis HH.’. pero que Dios haga que yo no tenga jamás necesidad de esto en semejantes circunstancias.
Emocionado por lo que yo venía de escuchar, felicité al H.’. Phocas por su bella acción y sus sentimientos masónicos; yo le dije que pensaba como él, que el rito Adonhiramita debía ser profesado tal como el sabio Salomón lo había instituido, sin alterarlo en su esencia y tenor. Luego, este digno H.’. me comunicó diversas notas de la obra que compuso sobre las relaciones de sus viajes. Yo le hice elogios sobre la pureza de su estilo, y le pedí que no hiciera mención de su iniciación y del bello trato que acaba de recibir en la isla de Patmos. Él me respondió que se guardaría bien, atento que hasta este día ningún historiador masón había cometido tal indiscreción, y ciertamente, no sería el iniciado Phocas quien diera el ejemplo!
Mas escuchaba a este H.’. más me sentía edificado y lamentaba infinitamente que él no fuera un discípulo de Menes para poder recompensarlo yo mismo.
Yo no lo dejé sin pena; la tartana que me llevaba había sido reparada, el tiempo era favorable, y al momento en que me iba a embarcar me acordé que el H.’. Eliezer había venido a unirse en esta isla al sabio Abraham Ben-Mier-Ben-Ezra. Yo obtuve información sobre este viajero y supe con tristeza que este G.’. C.’. había terminado su brillante carrera en esta isla, y que Eliezer había retornado a España su patria. Esta novedad me penetró hasta el fondo del alma, atento que nuestra Orden sufrió una pérdida irreparable.La travesía fue breve y feliz; yo desembarqué en el puerto de Genes. Luego de haber tomado conocimiento de lo que esta encerraba de curioso y visitado a algunos iniciados de gran mérito yo me dirigí a la V.’. de Milán donde fui recibido con júbilo por nuestros Ill. HH.’. que me creían muerto y sobre los cuales yo tenía el mismo presentimiento. ¡Mi tío estaba en el colmo de la alegría! Él había tenido el dolor de perder su esposa que le dejó tres Lobetones mas esclarecidos unos que otros. Desde su llegada de Egipto, él había hecho reconstruir su habitación, tomado posesión de su dominio que mi padre le había dejado, y fue a él a quien yo debo haber recuperado todos mis derechos.
A poco tiempo que se reconstruía Milán, esta villa retomó de más en más su primera forma. Como yo debía mi prosperidad a los miembros de nuestra Orden los Venecianos, los Sicilianos y los Egipcios, yo hice diversos actos de beneficencia en su nombre, y para cimentar mi retorno en el lugar que me había visto nacer, yo hice construir una mansión en la cual elevé un templo a la gloria del Todo Poderoso para profesar nuestra sana doctrina, atento a que los PP.’. con los que estaba eran todos de una edad muy avanzada y que yo mismo ya no estaba en la primera juventud; yo fundé a mis expensas una escuela cercana al Templo, destinada a la instrucción de nuestros jóvenes Lobetones, a ejemplo de nuestros PP.’. los Caldeos, y para todos aquellos que habían alcanzado la edad de 13 años y que eran dignos, yo les otorgaba la iniciación para formar columnas inquebrantables y sostenes de nuestra orden venerada. He aquí que apenas hacía siete años que el Eterno me había llevado a mi patria y que yo tuve el alto favor y la dulce satisfacción de ser ubicado a la cabeza de nuestra institución; luego yo la vi crecer cada día y agrandarse, y sobre diversos templos del vecindario flotar la bandera sagrada de Misraim. ¡Quiera el gran Jehovah permitirme cumplir la misión que me fue encargada!
Este plan perfecto fue depositado por el G.’.C.’. Majoragio, en los archivos de la orden, en el V.’. de Milán.