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DE LA ORDEN MASÓNICA DE MISRAIM
Desde su creación hasta nuestros días, de su antigüedad, de sus luchas y de su progreso

Por

MARC BEDARRIDE

Oficial del Estado Mayor de la Armada Antigua,
Primer Gran Conservador de la Orden Masónica de Misraim para Francia,
Gran Dignatario de las Potencias Supremas de dicha Orden en diversos Reinos extranjeros,
Poderoso Gran Comendador de los Caballeros Defensores de la Masonería y poseedor de todos los Ritos


Traducida del idioma francés por el H.'. FIDUCIUS


ESTACIÓN 20

ESTACIÓN 20

En el año del mundo 5078, el H.’. Cosimo Brunetti, el V.’. de Roma, profesor de música y 66º de la orden, fue prevenido por uno de sus amigos que él había sido señalado como un iniciado, que su arresto era inevitable y que lo que convendría mejor hacer era salir inmediatamente de los estados Romanos, si no quería correr el riesgo de caer en las tribulaciones que lo amenazaban, cuanto más, dijo él, que en este momento los espíritus de los habitantes de esta capital estaban agitados por los preparativos de la cruzada que se emprendería contra la Palestina, y que se ejercía la más grande vigilancia contra los iniciados, de los cuales muchos gemían ya en los calabozos.

Sin pérdida de tiempo Brunetti previno a su familia del peligro que corría, la cual, aunque desesperada de separarse de él, lo incita a irse más vivamente. El sale entristecido de esta gran ciudad y se dirige felizmente al V.’. de Nápoles donde había muchos iniciados que él conocía. Él fue acogido por ellos con bondad, aunque nuestra institución en este país estaba ya abatida por las persecuciones de sus antagonistas, pues los extranjeros estaban vigilados de cerca. Brunetti, temiendo que su estadía en la antigua parténope le sería funesta, así como a nuestros HH.’. Napolitanos, aprovecha el ofrecimiento fraternal que le hizo el iniciado Prestia, maestro de una tartana, de llevarlo a bordo y de conducirlo a Antioquía, lugar de su destino, asegurándole que le sería fácil en este lugar, con la ayuda de nuestros HH.’., utilizar sus talentos en el arte musical, cuanto más que él hablaba la lengua oriental; que se encargaría él mismo de presentarlo y recomendarlo al decano de la orden de este país. ¡A! Mis HH.’., las promesas de los hijos de la luz no quedan jamás sin efecto! Porque, a su llegada al V.’. de Antioquía, aquellos del H.’. Prestia fueron realizados.

El decano de la orden acoge a Brunetti con bondad, comienza a darle a su hijo y su hija por alumnos, y por los cuidados tan fraternales el fue presentado poco tiempo después en el templo de Misraim. Este digno decano le recomienda vivamente a los discípulos de Menes de este V.’., quienes se apresuraron en confiarle sus hijos y de hacer todo por asegurarle el porvenir. El H.’. Prestia, satisfecho de haber contribuido al bienestar de Brunetti, retorna a su paraje tras haber terminados sus asuntos.

Un año fue suficiente a este H.’. para reunir un buen número de alumnos y adquirir una gran reputación. El mismo tuvo la felicidad de esposar a una de sus alumnas, de una alta capacidad, que lo sobrepasa en el arte musical.

Brunetti, devenido padre de un joven Lobatón, se vio en el colmo de la felicidad. A pesar de sus grandes ocupaciones, este discípulo de Misraim no siguió menos los trabajos de nuestra Orden, y por su celo y su devoción él subió progresivamente los escalones de la escala misteriosa de la cuarta serie.

Fue en el año del mundo 5090 que este iniciado fue revestido del título eminente de G.’.M.’. ad Vitam, 90º y último grado y decorado con la gran estrella de Misraim. Este digno H.’. supo por sus méritos y sus virtudes hacerse querer de todas las personas de bien y particularmente de los hijos de la luz.

El año del mundo 5091, el H.’. Malfredi, médico del V.’. de Tarento en la Pouille, envía a su hijo Adolfo, de 16 años de edad, a la Universidad del V.’. de Salerno para estudiar medicina. Él lo recomienda al decano de la orden con el cual estaba en relación, y fue por sus cuidados fraternales que el joven Malfredi recibió la luz masónica a la edad querida por nuestros estatutos en el templo de Misraim fundado por nuestros antiguos HH.’. Los Salernitanos. Este joven masón se dedica al estudio con un celo prodigioso. Poco tiempo después el tuvo la desgracia de perder a su padre y a su madre, lo cual lo puso bajo la tutela de un viejo tío, dueño de muchos navíos, hombre tan fanático como supersticioso, enemigo de nuestra institución, lo que le hundió en el más vivo dolor.

En esta época comenzó a efectuarse la expedición de la primer Cruzada contra Palestina a la cual Cucu-Pietre, mejor conocido bajo el nombre de PEDRO EL ERMITAÑO, de Amiens en Picardía, tomó una parte tan activa.

El viejo Malfredi, queriendo contribuir con cualquier cosa a esta gran empresa, puso a disposición del príncipe Boemont, el Tarentino, todos sus navíos piloteados por hábiles marinos, y como su gran edad no le permitía seguir su flotilla, designa al joven Malfredi, su sobrino, para reemplazarlo en esta expedición. Él le escribió entonces para que fuera cerca de él sin pérdida de tiempo, lo que tuvo lugar. A su llegada él le dijo: “Sobrino mío, sin duda sabes que el príncipe Boemont va a ponerse en marcha con su ejército para concurrir en la expedición a la Tierra Santa; yo he puesto a su disposición mis navíos, y yo me lamento de ser muy viejo para acompañarlo; pero esta misión sagrada yo la he destinado a ti, y tú estarás a su mando. Yo he hecho todos los preparativos necesarios a este respecto; tú no tendrás grandes problemas en dirigirlos, y la gloria que te está reservada en esta campaña dará un nuevo lustre a nuestra familia.

El joven Malfredi, dedicado completamente al estudio de los conocimientos de la naturaleza, hizo observar a su tío que estaba muy adelantado en el ejercicio de su profesión de médico para abandonarla, que la navegación nunca le había gustado, que él lo conjuraba a cambiar su resolución y dejarlo retornar a Salerno todavía por algunos años.

El anciano, que no aceptó esta respuesta, conociendo ya el carácter imperioso de su sobrino, le dijo en un todo severo:

“Malfredi, tú respondes bastante mal a los deseos de un tío que siempre te ha dedicado una amistad paternal y que desde hace ocho días viene dándote por acto todo lo que el posee; ya que tú no quieres reemplazarme en esta expedición, desde hoy yo voy a ponerte en posesión de lo poco que tu padre te ha dejado y yo dispondré de otra forma de mi fortuna; a pesar de mi debilidad y de mi gran edad yo mismo seguiré la expedición, muy feliz si yo puedo contribuir con alguna cosa al éxito de esta empresa.

El joven Malfredi, hundido en las más serias reflexiones sobre lo que había escuchado y conociendo la voluntad de su tío y la firmeza de sus resoluciones, se decidió a pesar de él a obedecerle, se embarca y sigue las instrucciones que había recibido. Él salió del Adriático, toca la isla de Chipre, recibe del príncipe Boemont nuevas instrucciones y fue a estacionarse frente a la costa de Antioquía.

Estando muy cerca de esta playa, a causa de la violencia del viento, él fue hecho prisionero por un navío enemigo, fue despojado de todo lo que poseía, y conducido al puerto de Antioquía; fue entonces que el asedio de esta ciudad comenzó. Malfredi, obligado a trabajar como un presidiario, soporta sin embargo con paciencia y resignación los malos tratos que le propinaban; todas las veces que este digno hijo de la viuda percibía que alguien le parecía tener un alma sensible, hacía el signo misterioso para hacerse reconocer, pero siempre fue en vano. Ya hacía algún tiempo que se encontraba en esta triste posición, cuando uno de sus vigilantes a quien le había inspirado confianza, y que dulcificó un tanto lo que podía sus males, le dijo:

Escúchame, señor Malfredi! Hay en esta ciudad un tal Brunetti, italiano de nación, y célebre profesor de música que goza de gran reputación. Se le dice humano, benefactor y de una afabilidad sin par. Yo estoy persuadido que si tú puedes hablar con él y hacerle conocer vuestro origen él se interesará por ti ante el gobernador de esta ciudad y obtendrá fácilmente, yo pienso, vuestra libertad.

Al nombre de Brunetti, Malfredi traspasado de alegría, conjura al vigilante de procurarle papel y tinta y le escribió las palabras siguientes:

SEÑOR PROFESOR,
El retrato que mi carcelero ha hecho de usted, y mi triste situación me dan la intrepidez de suplicarle que se dirija cerca de mí, para que yo pueda hacerle conocer mi origen y mis desgracias. Yo estoy persuadido, hombre generoso y benefactor, que cuando usted me haya escuchado, usted se interesará en mí. Quiera el Todo Poderoso dignarse escuchar mi plegaria, y es en esta dulce esperanza que yo tengo el honor de ser,

Vuestro total devoto servidor y compatriota,
Malfredi .’..

El carcelero portador de esta carta, se dirige entonces a la casa del señor Brunetti, y la entrega al mismo. Apenas el profesor había recorrido lo que estaba escrito que exclama: “¡Gran Dios! Uno de mis compatriotas, un iniciado está cautivo”. Sin pérdida de tiempo el va a encontrar al gobernador y pide la liberación del prisionero, y obtiene al instante su liberación.

El carcelero que lo había seguido, recibió la orden de conducir a Malfredi al domicilio de su liberador. ¡Cual no fue el gozo del cautivo al saber de su liberación! Agradece a su carcelero de la manera más amable y le sigue a la morada de su liberador.

Mientras caminaban, el carcelero le dijo: yo te afirmé bien que al dirigirte al señor Brunetti, tu pedido no sería en vano en la puerta de su corazón. El asombro de Malfredi estuvo en su cima cuando percibió en el apartamento de Brunetti, los bustos de muchos de nuestros PP.’.; entonces, en un transporte de gozo, él exclama: ¡Gran Dios! ¡Mi liberador es un iniciado! A estas palabras que fueron escuchadas por Brunetti, este último entra, y le tiende la mano, diciéndole: sí yo soy un iniciado, y muy satisfecho de haberte sido útil obteniendo tu libertad. Mi dedicación a tu respecto no está todavía cumplida; acepta un lugar en mi hogar, hasta el momento en que el Todo Poderoso te permita retornar a vuestros dominios! Desde ese instante, Malfredi fue considerado como un miembro de la familia.

Algún tiempo después, las tropas que formaban parte de la cruzada en la que Malfredi hacía parte, se apoderaron de Antioquía: este último entra en sus derechos, presenta a su liberador Brunetti al príncipe Boemont, gobernador de estos lugares, a quien él le fue de una gran utilidad.

En esta época muchos señores italianos de esta cruzada, habiendo sabido que Malfredi debía su salud a la masonería, se apresuraron en pedirle, así como a Brunetti, que les permita obtener este favor, atendiendo, dijeron ellos, que desde hacía mucho tiempo ellos tenían el deseo, pero que las investigaciones dirigidas contra los iniciados de su país, les habían impedido solicitar esta ventaja antes de partir. La mayor parte de ellos recibió la luz, y Boemont fue del número. Como el decano de la orden del V.’. de Antioquía no podía cumplir las formalidades queridas a este respecto, de conformidad con la decisión anterior de nuestros PP.’. de Jerusalén, concerniente a los extranjeros, el Rito Adonhiramita fue puesto enseguida en actividad tanto en Antioquía como en Edessa. Un gran número de caballeros cruzados fueron admitidos, y es entonces que este Rito ensaya diversos cambios; el grado de la Rosa creciente de nuestra orden fue transformado en aquel de Soberano Príncipe Rose-Croix, y sus emblemas naturales reemplazados por aquellos de la fe, a instancia del signo de esta cruzada: desde ese momento este nuevo grado se convirtió todo en una fe religiosa y fue puesto a la cabeza del Rito Adonhiramita, o moderno, como el NEC PLUS ULTRA.

Jerusalén estaba ya en poder de Godofredo de Bouillon: los decanos de la orden no podían impedir la propagación de este nuevo sistema, fueron puestos pacíficamente a un lado, poniendo la más grande reserva en el ejercicio de nuestros sagrados misterios, y no admitiendo más que a los neófitos más probados por todos los informes.

En esta misma época algunos terapeutas esenios, de un espíritu débil y dispuesto a la innovación, abandonaron espontáneamente la fe de sus padres, se unieron  a los conquistadores de estos países y tomaron una gran parte en la propagación de la nueva doctrina masónica; pero los sabios terapeutas esenios, consolidados en sus creencias y dedicados por entero a las meditaciones de las obras de la naturaleza, se lamentaron de la conducta de estos jóvenes prevaricadores y, a ejemplo del sabio P.’. Banus, se refugiaron en el fondo de los desiertos, resistieron a todo, nutriendo las ramas de su sana moral a expensas de su vida, y siguiendo conservando el depósito sagrado del cual eran poseedores. Desde entonces sus modestas celdas fueron transformadas en moradas de nuevos solitarios de la fe. Tras la célebre batalla de Ascalón, el Ill.’. H.’. Malfredi pudo retornar a sus posesiones, así como un gran número de caballeros que habían recibido la luz en Palestina. Vueltos a sus diversos VV.’. respectivos, ellos establecieron el Rito Adonhiramita, alterado y despojado de su primitiva organización.

Aunque este nuevo rito prestó eminentes servicios a los ejércitos cruzados, no tardó en ser mal interpretado y considerado como un punto de reunión opuesto al sistema masónico y fue perseguido por aquellos mismos que deberían venerarlo.

Nuestros HH.’. del rito moderno no fueron más felices en Italia y en otras partes de Europa que los nuestros; pero, aunque perseguidos, ellos no continuaron menos sus trabajos. Nosotros llevaríamos la tristeza y el duelo en las almas sensibles, si enumeráramos todas las tribulaciones que los miembros de la gran familia masónica fueron obligados a soportar sin quejarse: pero, gracias al Eterno, en todos los siglos esta científica Institución ha tenido hombres que, ocultos y bien penetrados de su sana doctrina y de su moral sublime, han podido, a pesar de los peligros, alimentar el fuego sagrado constantemente ante el tabernáculo de la verdad!

El año del mundo 5113, Emmanuel Zimbrah, célebre iniciado del V.’. de Codrou, en España, viajando para instruirse, vino a visitar a su tío que habitaba desde largo tiempo el V.’. de Tripolo. Este esclarecido masón tomó parte en la defensa de este lugar, asediado por Bernard, hijo del conde de Toulouse, que se apoderó de este el mismo año.

Como Zimbrah había manifestado sentimientos contrarios a aquellos de los hombres de las tinieblas, su tío, también prudente como esclarecido, temiendo por sus días, lo tuvo oculto en la casa de sus amigos durante algún tiempo, y aprovecha, para hacerlo partir, de un navío que hacía vela hacia Fenicia, cuyo capitán era un hijo de la viuda.

Zimbrah apesadumbrado tomó lugar a bordo, y llegó al V.’. de Tiro, donde nuestros HH.’. de procuraron los medios de dirigirse a Jerusalén, donde él tenía parientes. Él se queda largo tiempo para perfeccionarse en diversas ciencias por las cuales tenía una gran disposición, y aunque los trabajos de nuestra orden no fueron profesados mas que por un pequeño grupo de elegidos y en le más gran misterio, Zimbrah recibió aumentos de salario, y el año del mundo 5118, fue elevado al rango de G.’. M.’. ad Vitam, 90º y último grado.

Es en esta misma época que Hugo de Paganis y Godofredo de Saint-Omer, los dos Príncipes Rose-Croix, junto a otros masones, formaron una milicia religiosa y militar, habitaron una mansión cercana al último templo de Salomón, de donde se deriva el título de CABALLERO DEL TEMPLE, Ellos hicieron prosélitos y no tardaron en ser numerosos, Nosotros no hablaremos de los eminentes servicios que esta orden prestó a los ejércitos cruzados en Palestina, ni de las persecuciones que soportó por consiguiente: la historia ha dicho bastante a su respecto.

Zimbrah, cuyo padre era ya avanzado en edad, y que desde hacía largo tiempo le había pedido volver a su familia para ponerse a la cabeza de sus asuntos, se va de Jerusalén y de sus HH.’. con tristeza, se embarca en Joppé y llega felizmente a España al seno de su familia. Algún tiempo después, a solicitud de los hijos de la viuda de Córdoba, Zimbrah estableció el Rito Adonhiramita tal cual era profesado en Palestina desde su reciente organización, para hacer enseguida una elección, entre sus miembros, de aquellos que eran dignos de participar en nuestros misterios, ejercidos con la mayor reserva en España. Este G.’.M.’. tuvo éxito perfectamente, y este nuevo rito tuvo un gran número de prosélitos, pero lamentablemente por un corto tiempo.

Un hombre que, bajo el manto de una aparente bondad, no era más que un hipócrita, encontrándose retenido en Trípoli durante el asedio de esta ciudad pareció sospechoso a los habitantes de este lugar; él fue arrestado y maltratado. Zimbrah, en calidad de compatriota, le prestó un gran servicio haciendo todos los esfuerzos por liberarlo; este ingrato creyó que Zimbrah era la causa de todos sus males: desde entonces le jura un odio implacable, tanto más que sabía que él era iniciado.

De retorno a sus tierras en el año del mundo 5121, don Pedro (así se llamaba el hipócrita), lleno de prejuicios y vengativo, antagonista salvaje de la masonería, habiendo sabido que el gran maestro Zimbrah estaba en el seno de su familia y a la cabeza de los iniciados, se dirigió rápido a Córdoba con la esperanza de perderlo. El atrajo algunos espíritus débiles y supersticiosos, les hizo cuentos fabulosos sobre nuestra Institución, los condujo detrás de la casa donde se reunían nuestros hermanos, y levantando la cabeza hacia el cielo, se escucharon las palabras siguientes:

Don Pedro previene a los magistrados de estos lugares que Zimbrah y sus adherentes conspiran contra sus creencias, así que sin pérdida de tiempo se ponga un pronto remedio a las tramas de estos impíos. Este ruido se expandió pronto entre los fieles de la ciudad, que llevaron lástima contra Zimbrah y los suyos, los cuales fueron inmediatamente arrestados. Las persecuciones más minuciosas tuvieron lugar en el templo sin ningún resultado. El P.’. Zimbrah, calmo en medio de la tormenta como en el seno de la felicidad, protesta por su inocencia y aquella de sus hermanos, y habiendo sabido que don Pedro era el motor de su acusación, declara que esta era una venganza que este miserable quería ejercer sobre él y que el conocía el medio por el cual se sirvió para cumplir su pérfido designio. Él solicita y obtiene no sin pena de hacerse acompañar por los magistrados al lugar donde se había escuchado el oráculo. Estando allí se encuentran con el falso adivino rodeado de un grupo de hombres de tinieblas que murmuraban y decían en alta voz que se debía quemar a los impíos sin otra formalidad.

Los magistrados, que no habían entendido nada, pidieron a la multitud cual era el sujeto de sus alarmas. Entonces don Pedro levanta la cabeza hacia el firmamento, y una voz hace escuchar las mismas acusaciones contra Zimbrah y los suyos. Los magistrados asombrados dijeron en voz baja a Zimbrah: “Escucha el oráculo”. Zimbrah los mira con calma y dignidad, levanta la cabeza a su vez hacia el cielo, y se escucha una voz exclamar con fuerza: “Buenas gentes este hombre los ha inducido a error, Zimbrah y los suyos son inocentes, las palabras acusadoras que ustedes creen venir del cielo salen de la boca de este impostor”. Luego se dio vuelta hacia los hombres de la justicia y les dijo. “Escuchan, magistrados, de la boca de este impostor, señalando a don Pedro! Y lleno de indignación contra este malhechor añade: ¿Has olvidado por lo tanto los eminentes servicios que yo te he prestado durante tu cautividad en Trípoli? Sin mi socorro tú habrías gemido en un afrentoso calabozo; si con peligro de mis días y de mis bienes yo no he faltado en procurarte el medio de salir tú ya habrías dejado allí tu vida; y es así, ingrato, que reconoces todo lo que yo he hecho por ti viniendo a abusar de la credulidad de estas bravas personas para causar mi pérdida y aquella de mi familia, por la sola razón que tú eres un enemigo jurado de los francmasones! ¡Insensato! Aprende que los iniciados no conocen ni el odio, ni la venganza, que su divisa es la Justicia, la Equidad. Yo te perdono y dejo a los magistrados el cuidado de pronunciarse sobre mi inocencia”.

Estas graves palabras causaron tanta impresión sobre todos los asistentes que ellos colmaron a don Pedro de reproches, y este último no hubiera podido escapar a la prensa, si el hijo de la viuda no hubiera solicitado su perdón!

Los magistrados, convencidos por la boca misma del acusador, de la inocencia de Zimbrah, lo dejaron sobre el campo en libertad. Este suceso no lleva más atención a la marcha de nuestros trabajos, porque los hijos de la luz fueron constreñidos por prudencia a trabajar en el silencio. Zimbrah no disminuyó su celo por la prosperidad de nuestra orden. El se unió a la H.’. Rachel, hija de un H.’. de este V.’., vivió en paz hasta el año del mundo 5140, época en la cual él terminó su memorable carrera, dejando tres lobatones dignos de llevar su nombre.