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DE LA ORDEN MASÓNICA DE MISRAIM
Desde su creación hasta nuestros días, de su antigüedad, de sus luchas y de su progreso

Por

MARC BEDARRIDE

Oficial del Estado Mayor de la Armada Antigua,
Primer Gran Conservador de la Orden Masónica de Misraim para Francia,
Gran Dignatario de las Potencias Supremas de dicha Orden en diversos Reinos extranjeros,
Poderoso Gran Comendador de los Caballeros Defensores de la Masonería y poseedor de todos los Ritos


Traducida del idioma francés por el H.'. FIDUCIUS

ESTACIÓN 18

El año del mundo 4410, Bribasse, nieto del P.’. del mismo nombre, célebre médico del V.’. de Efeso, en Jonia, fue iniciado desde su más tierna infancia. A la edad de 21 años, él había hecho rápidos progresos en todas las ciencias y era un perfecto profesor de música. En esta época, él concibió el deseo de ir a visitar Italia: él comienza por la Sicilia, donde se hizo notar por su saber; de allí, el se dirigió al V.’. de Nápoles y visita otros de esta región. En todas partes él recibió la acogida debida a su mérito; enseguida él se dirigió al antiguo V.’. De Aquilea, donde él fue recibido por nuestros PP.’. de la manera más fraternal, los cuales, luego de haber reconocido sus altas capacidades, lo instaron a permanecer en medio de ellos.

Bribasse, nuevo habitante de Aquilea, bien pronto se hizo admirar por sus bellas cualidades; él obtuvo la estima y la amistad, no solamente de los iniciados, sino también de los profanos de estos lugares. Su reputación devino tan grande que el P.’. Scottelari, uno de los más opulentos de este país, le ofreció la mano de su hija única, a la cual Bribasse daba lecciones de música, lo que había producido ente ellos  la más feliz simpatía. El himeneo de Bribasse y de la joven y virtuosa Julieta Scottelari tuvo lugar; el joven esposo, en el seno de su nueva familia, pasa sus días sin  problemas y deviene, desde el primer año de su unión, padre de un Lobatón al cual él mismo le da los primeros cuidados de la educación para prepararlo a la iniciación y hacerlo un masón digno de llevar ese nombre. Él inculca en su espíritu el conocimiento del gran Jehovah, aquel de la creación del mundo, de las esferas y los cuerpos celestes, de la formación del hombre y de la mujer, , aquella del niño en el vientre de su madre, el medio de seguir la línea recta de la verdad, de conservar la salud, de vivir bien para morir bien; él lo instruye también el la luz del alma, sus facultades, su entendimiento, y sobre el estado del hombre justo, sobre las recompensas que obtiene y el castigo reservado a los malhechores; en fin, él le enseña que, para ser apto para adquirir todos los conocimientos, es necesario seguir religiosamente los preceptos que le ha enseñado. Iniciado antes de la edad, este joven adepto secunda a su padre, que hacía todos sus esfuerzos para prepararlo a reemplazarlo un día.

Bribasse, este venerable discípulo de Misraim, en el colmo de la felicidad y rodeado de su familia y de los Ill.’. HH.’. e Ill.’. Hhnna.’. del V.’. de Aquilea que lo apreciaban, hizo florecer nuestra orden hasta el año del mundo 4456, época de dolorosa memoria cuando Atila, rey de los Hunos, famoso conquistador, luego de haber pillado el Oriente y atravesado la Panonia, la Germania y las Galias, llegó a Italia a la cabeza de un ejército numeroso y destruyó este antiguo V.’. de Aquilea. Felizmente la mayor parte de nuestros PP.’. tuvieron el tiempo de refugiarse en el V.’. de Rialto, llevando consigo todo lo que tenían de más precioso; Rialto, desde esta época, lleva el nombre de Venecia.

Bribasse terminó el resto de sus días en medio de su familia, el año del mundo 4468, lamentado por todas las personas de bien y por los hijos de la luz. Su hijo Benjamín le sucede en sus grados y dignidades y fue como él, en justo título, un iniciado perfecto; él se convirtió en G.’. C.’. para la región de Venecia. Este V.’. asombroso por su posición, está construido sobre pilotes, en las aguas del Adriático; ella se compone de 73 islas, que se comunican la una con la otra por puentes ingeniosamente construidos o por medio de góndolas por medio de las cuales se recorre esta gran ciudad; ella se hace notar por su elegancia, su riqueza y la dulzura de sus habitantes, que reciben con bondad a los extranjeros.

En 4417, el P.’. Proclus, nacido en Lycia, famoso matemático e iniciado muy erudito, se dirigió al V.’. de Constantinopla donde bien pronto se hizo admirar por su sabiduría, sus talentos y las nuevas invenciones de objetos que concernían su arte. Este digno H.’. da pruebas de su inteligencia y de su coraje, cuando Vitaliano vino con una flota considerable  a asediar este gran V.’.; Proclus incendia casi todos sus barcos con máquinas inflamables de su invención, y por eso su gloria fue inmensa y él adquirió la estima y el reconocimiento del emperador Anastasio, que le dispensó el más vivo interés; así su reputación estuvo en su cúspide. Este iniciado lleno de celo continúa trabajando con fervor por la prosperidad de la orden; así el fue elevado a la suprema dignidad de G.’. C.’. un año antes de terminar su brillante carrera: su muerte deja un gran vacío en la gran familia masónica.

Jacob Ben-Neftalí, sabio israelita del V.’. de Tiberíades, fue a la edad de siete años coronado por sus maestros, como habiendo sobrepasado en conocimientos a todos los jóvenes alumnos de su clase,

A los 12 años, él estaba dotado de una inteligencia tal, que él dirigía a una gran parte de sus compañeros de estudios y reemplazaba ya el lugar del maestro segundo; él tenía una pasión tal por las bellas letras y por la historia, que manifestó a su padre, iniciado muy esclarecido, el deseo de obtener la luz, a fin de llegar, dijo él, a los altos conocimientos que el oído de los profanos no podría jamás escuchar. Este insigne favor le fue acordado a la edad de tres lustros , y el día en que la venda cayó de sus ojos fue el más bello de su vida. Es el templo de Misraim donde el da pruebas de su alta capacidad; nada escapaba a su inspección, y una sola lección  servía para ponerlo al corriente de aquello por lo cual se preocupaba. Así a los 21 años había ya pasado las barreras irremontables para el masón que no quiere dedicarse a serias meditaciones, barreras que separan las tres primeras series de la nomenclatura de los grados de nuestra orden y que él franqueó para llegar a la puerta del santuario cabalístico.

En esta época, Jacob Be-Neftalí estaba esclarecido por la llama de la verdad; él se puso a burilar, y muchas obras excelentes son el fruto de sus profundas meditaciones y de sus trabajos. Este digno hijo de Misraim  llegó a la eminente dignidad de G.’. C.’. de la orden para la región de Tiberíades, en 4475.

El P.’. Pierre Patrice, del V.’. de Tesalónica, recibió la luz en el templo de Misraim, lugar en el cual su padre era una de las más fuertes columnas. Este joven iniciado hizo tantos progresos bajo la dirección de estos sabios maestros que se hizo muy profundo en diversas ciencias. Él se dirigió al V.’. de Constantinopla donde fue admirado por su sabiduría, así como por su elocuencia; en recompensa de su saber, él fue elevado al grado 77 en el año del mundo 4536. Su reputación era tan grande y él gozaba de una consideración tal en la corte de Justiniano, que este emperador, en 4538, lo envió en calidad de embajador hacia Amalasonte, soberano de los Godos, y durante su estadía en Italia prestó eminentes servicios a los iniciados que le debieron su salud. En muchos VV.’. él visita nuestros trabajos prácticos en silencio en los lugares más ocultos, y fue en el gran V.’. de Roma, que este venerable iniciado y sabio diplomático recibió el título de G.’. M.’. ad-Vitam 90º y último grado.

De retorno en Constantinopla, Justiniano , satisfecho de la manera distinguida con la cual este P.’. H.’. había cumplido la alta misión que le había confiado, le encarga una nueva,  hacia Chosroes, soberano de Persia; misión que él cumplió con tanto talento como dignidad. Es en el santuario de la potencia suprema de la orden de esta región que el P.’. Patricio, luego de haber sido reconocido apto para ser clasificado en el rango de los primeros magistrados de la orden. Fue creado y proclamado G.’. C.’. y decorado con la gran estrella de Misraim.

Se puede decir con justa razón que mientras más favores recibió de la orden, mas fue simple y dedicado a nuestra institución: él dio pruebas inequívocas justo hasta el último momento de su vida que termina en la paz y la prosperidad, el alma pura y la consciencia sin reproche.

Es en este mismo período que sobre la escena del mundo apareció un masón sin ambición, desinteresado, justo en todas sus acciones, modesto, de una bondad infinita, afable, benefactor, simple y de una humanidad incomparable, que hacía la base de sus virtudes; se puede decir de él, con justa razón, que él fue un iniciado perfecto y un héroe sin pretensión. Este digno hijo de la luz llegó al grado de general en jefe, pasó treinta años de su vida haciendo la guerra. Y se cubrió de gloria por sus numerosas victorias en las tres partes del mundo. Luego de haber conquistado África, Iliria e Italia, él rechazó sucesivamente los tronos que le ofrecieron, para permanecer fiel a su patria y a su soberano.

De®€torno a su V.’. donde él creyó reposar sobre sus laureles, en recompensa a sus largos servicios, él fue acusado falsamente de haber intentado una conspiración contra su emperador y su íntimo amigo, que le debía la conservación de su trono y el renombre de sus ejércitos. Este último engañado en su religión, da fe a los calumniadores de este gran capitán y sin querer escuchar la justificación de su inocencia, lo hizo encerrar primero en una torre, le despojó de sus dignidades y de sus ingresos, y lo dejó languidecer en su triste prisión, reducido a la más dura de las necesidades.

El pueblo de esta gran ciudad comenzó a murmurar sobre la suerte de este gran hombre que había prestado tantos eminentes servicios a su país. El Consejo de Estado temiendo una revuelta, decide ponerlo en libertad; pero para que no fuera más temido, era necesario sin embargo privarle de la vista. El soberano, por el cual este hombre inocente había tantas veces expuesto su vida, en lugar de recompensarlo como él se merecía, tuvo la crueldad de aprobar esta injusta condena. ¡Qué doloroso espectáculo para los asistentes, en el momento de la ejecución de una acción semejante! Este sabio lo escucha con calma y resignación. El ejecutor se pone de rodillas ante él; el guerrero lo levanta y le dice con una voz firme:

“No dudes en obedecer a tu amo, tú no eres culpable de una acción semejante. Cuando terminó la ejecución, el prisionero fue puesto en libertad y conducido nocturnamente, y en silencio, fuera del recinto d este V.’. que lo había visto entrar triunfante en sus muros.

Es tiempo de hacer conocer el nombre de este P.’. víctima de la intriga y de la ambición, como así también del soberano que consintió esta ejecución. Aquellos que conocen la historia no tendrán dificultad en comprendernos. Este hombre de bien que, del rango más elevado cae en la mendicidad, sin lamentarse, es el virtuoso e inmortal iniciado Belisario; su opresor es Justiniano. Belisario había visto correr la sangre de sus dos lobatones, que sirvieron bajo sus órdenes; no le quedaba más que su esposa Antonina, y su hija Eudoxia, las dos masonas esclarecidas que, desde su arresto, vivían retiradas en una vieja mansión. Este digno P.’., conducido por un Lobatón que uno de nuestros H.’. le había dado por guía, se encamina hacia el lugar donde estaban aquellas que eran todas sus afecciones y esperanzas. Durante el camino le fueron hechos mil ofrecimientos generosos por los hombres virtuosos que le veneraban, pero todo fue inútil; este venerable anciano no quería aceptar la hospitalidad para pasar las noches.

El último día de su viaje en el momento en que había alcanzado la mansión, el jefe de los Búlgaros que venía de declarar la guerra a Justiniano, habiendo conocido la liberación de Belisario y la manera atroz con la cual había sido tratado, envía un destacamento para asistirlo en el viaje que debía realizar; allí se lo conduce al campo de este soberano que le hizo una acogida de lo más favorable; porque él también era hijo de la luz; y le ofreció compartir sus grandezas, y vengar el crimen que habían cometido sobre su persona, no exigiendo de él más que los sabios consejos para guiarlo en su empresa. El P.’. Belisario comenzó por agradecer sus ofrecimientos generosos y le dijo: que él no quería jamás recuperar su bienestar en perjuicio de su patria, y que a pesar del trato afrentoso que había recibido de Justiniano, él estaba listo a sacrificar su vida para sostener su causa y la defensa de su país. El jefe Búlgaro viendo que no podía obtener nada del espíritu de este sabio, dedicado enteramente a su nación, le hizo conducir por el mismo destacamento al lugar donde él estaba cuando lo fue a buscar.

¡Qué espectáculo conmovedor ofreció la llegada de Belisario cerca de una esposa y de una hija que lo querían! Él no tuvo la satisfacción de ver sus rasgos queridos, pero las encerró una a una en sus brazos, empleando todo lo que él tenía para consolarlas en su dolor; su triste situación hizo una impresión tal sobre su esposa Antonina que ella no pudo sobrevivir.

La llegada de Belisario fue pronto conocida en los alrededores. Diversos PP.’. se apresuraron a ir a visitarlo, y le ofrecieron sus servicios y sus riquezas. Entre los iniciados que tomaron parte de su desgracia se hizo notar el joven Tiberio que había recibido la luz en el templo de Misraim del V.’. de Bizancio, donde él había oído hablar de los servicios eminentes que este P.’. había prestado a la orden en los VV.’. Persas, Africanos e Italianos donde él había arrancado de la cautividad a diversos HH.’. que languidecían desde hacía años bajo la opresión de los hombres de las tinieblas. El joven Tiberio, tras muchas conversaciones con Belisario, se dirigió cerca de Justiniano, le hizo conocer la inocencia de este gran hombre, y de qué manera se había asombrado de su religión.

Justiniano, lleno de confianza en Tiberio convino con él de seguirlo a la casa de este anciano y de anunciarlo como su padre. Llegaron a la vieja casa. Una larga conversación tuvo lugar entre ellos y Belisario. Justiniano quiso hacer varias visitas para convencerse de la verdad, y no pudiendo dudar más de la inocencia de aquel a quien le debía todo, se lanza en sus brazos y se hace conocer, confesando la debilidad que había tenido al escuchar a los viles cortesanos, y suplicándole seguirlo a su corte.

No fue sino después de mil súplicas y de haber celebrado el himeneo de su virtuosa hija Eudoxia y del joven Tiberio, que la Providencia había hecho el uno para el otro, teniendo las mismas inclinaciones de virtud, de equidad y benevolencia, principios que ellos habían obtenido los dos en el templo de la Sabiduría, que Belisario, seguido de sus dos hijos, se dirigió a Constantinopla, a condición que los nombres de sus delatores no le fueran jamás revelados y que ninguna venganza tuviera lugar contra ellos a causa de él, dejando, así, al Eterno la misión de castigar el crimen.

Justiniano lo presenta en la corte donde estaban reunidos todos los grandes del Estado, y en su presencia le restablece sus grados y dignidades. Este gran hombre, aunque ya no pudiendo actuar por el bien de su país, no lo fue menos por sus sabios consejos.

Por otra parte los decanos de la orden reunidos le invitaron a venir en medio de ellos, al templo de Misraim de este V.’. y allí fue creado y proclamado G.’. C.’. para la Tracia, en recompensa de todo aquello que él había hecho por el esplendor de nuestra institución. Aunque privado de la vista, él no veía menos, porque él estaba esclarecido por la llama de la verdad, de la razón, de la justicia y de la sublime filosofía, que es el aditamento de los Misraimitas.

Luego de la muerte de Justiniano y de su hijo, el sabio Tiberio, que había aprovechado tan felizmente las sabias lecciones del P.’. Belisario, su suegro, se convirtió en Emperador de Oriente. Este sabio monarca y G.’. C.’. de la orden se cubrió de gloria, hizo prosperar sus Estados, y durante su largo reinado, él mantuvo en su esplendor, a nuestra antigua institución. Él termina su brillante carrera el año del mundo 4586. Sus súbditos y los hijos de la luz tuvieron en él una pérdida irreparable.